Al igual que el pequeño “relato” que subí la semana pasada, este (relato, aunque yo no lo llamaría así) forma parte también de una serie de pequeños fragmentos como estos sobre una hipotética “ella”. Están inspirados en una serie de fotografías que no quiero enseñar hasta que este el último de los relatos subido al blog. Mientras tanto, espero que los disfrutéis.

Ella era la fuerza esculpida, convertida en persona. Recuerdo que la primera vez que la vi no fue la primera vez que la había visto. Porque ella siempre había estado allí, pero esa era otra de las cualidades que le habían añadido: tenía una fuerza discreta. La veías pasar con sus andares silenciosos, con su  pelo recogido, y te sentías pequeño. Tal vez era su interior lo que te hacía sentir tan minúsculo, sus palabras bien hiladas creando frases que parecían perseguirte eternamente. O tal vez fuese la forma en la que arqueaba la espalada cuando reía, con esa risa que no era delicada pero que te hacía sentir en casa. Ella tenía la fuerza de destacar sin llamar la atención y tenía la descomunal fuerza que se necesita para mantenerte firmdea478574465aab363ff521954efc5eee. 

A veces la observaba cuando sabía que ella no podía verme a mí. Me intimidaba de tantas maneras ver como los pequeños gestos de su cara, casi imperceptibles, se volvían enormes bajo mi mirada, como si quisieran narrar una historia. Arqueaba la ceja cuando algo la sacaba de su trance, intentando comprender unas palabras que le resultaban tan lejanas. Cuando escribía, balanceaba el bolígrafo en sus dedos durante unos segundos antes de decidirse a marcar el primer trazo sobre la hoja. Y nunca empezaba en mayúsculas, porque decía que la primera letra nunca era la que destacaba por encima de las demás.

La gente solía preguntarme a mí, como si yo la conociera de verdad, a ver si era así de distante con todo. Yo no sabía qué responder. No es que no conociera la respuesta, era que nunca lograba averiguar si era la definitiva. No importaba, porque no era distante. No era distante conmigo, no era distante con nadie, en realidad. Pero las cosas calladas llamaban la atención, y ella de alguna manera, lo sabía.

Nunca sabré si en realidad ella era como la conocí, porque le gustaba guardar sus secretos. Y cuando se abría, me taladraba con la mirada y hacía que su verdad pareciera más mentira. De nuevo, no importaba. Si de algo estaba segura, era de que, además de fuerte, ella era valiente.