Hace unos días fui a ver a una de mis mejores amigas bailar con su grupo de baile. Eligieron representar Peter Pan, que es una de mis historias favoritas del mundo. Así que, si disfruto muchísimo viéndola bailar en otras actuaciones, esta me gustó de manera especial.

Ayer vi esta foto que hicieron para inmortalizar esos 45 minutos y se me ocurrió un relato. La que sale en la foto es mi amiga, Maialen, y a partir de lo que me sugería decidí crear lo que viene a continuación. ¡Espero que os guste!

 

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Fotografía por Jull Roc

Tal vez ellos tuvieran razón y yo no me había dado cuenta. Era muy parecido a quedarse dormida. A ese proceso en el que ya no tenía que obligar a la mente a pensar, se abría hueco entre mis memorias. Cada vez que tocaba el suelo del escenario sentía eso. Era suave. Era como cerrar los párpados.

Podía imaginármelo todo. Podía ver lo que quisiera y sentirlo. Quizás eso era lo único que me mantenía despierta. Con los ojos cerrados mi piel se convertía en ellos; observaba, percibía. No necesitaba la luz, porque sabía dónde estaba. Segunda estrella a la derecha. Sólo tenía que seguir ese brillo que en realidad no estaba allí. Era más bien calor. Y me guiaba, me mecía a su gusto, como si sólo fuera una bolsa de papel.

Pero mis pies eran plomo. Habían echado raíces, y yo me sentía segura. Ese calor no me iba arrastrar, no si yo no lo quería. El suelo de madera era mi casa, pero, yo ya no era yo. Estaba dentro de un sueño. Y venía la sombra, se burlaba de mí, porque me resistía a la luz. Porque yo quería crecer. Aparecía él y me convencía. ¿Cómo no iba a hacerlo? Un mundo ideal. Mentiras, engaños. Pero lo seguí. ¿Quién iba a culparme?

No quería abrir los ojos. No quería ver su brillo, no quería caer. Pero yo estaba segura. Porque siempre había estado segura allí donde sabía confiar. Mis pasos eran firmes, mis movimientos eran suaves, pero por dentro nada de eso importaba. Allí pertenecía.

En realidad, lo mío era más la luna que las estrellas.