Ya iba siendo hora de que volviera a escribir para compartir.

Después de mucho tiempo sin subir ningún relato al blog, subo este, que forma parte de los “52 Retos de escritura” del que ya os hablé en su momento. Tengo la gran mayoría escritos en mi ordenador, así que los iré subiendo poco a poco hasta que acabe en año. 

Este en concreto fue el segundo que escribí y el segundo que subo, pero en la lista que os dejo aquí, es el séptimo (Da voz a los recuerdos y ofrece una solución en forma de historia para un personaje que pierde la memoria cada día). En la lista podréis encontrar todos los que estén subidos y ver los que aún quedan por subir.

Espero que lo disfrutéis mucho. Os dejo con “Post-it

El pegamento del taco de notas no opuso resistencia cuando arranqué la primera. Mi caligrafía desordenada ocupaba el centro y, si no te centrabas en ella, parecía un amasijo de tinta negra emborronando el post-it color azul.
He pagado el alquiler del piso. (28/02/2017)
Me estiré un poco, dejando que mis ondas oscuras se extendieran por mi espalda y entre los brazos. Mis dedos alcanzaron el último post-it pegado en la pared y justo debajo de ese, pegué el nuevo. Las esquinas se doblaron un poco hacia fuera y yo las apreté con el pulgar. Después, me subí a la cama bajo esa pared y releí todos las notas de esa última semana.
Era confuso, pero me había ido acostumbrando. Con el tiempo había ido mejorando la técnica; las notas azules hablaban de dinero, las verdes de la universidad, las rosas de la familia, las amarillas de todo lo demás. Las blancas eran las que hablaban de mí, pero esas no estaban pegadas en la pared, sino guardadas en una caja de madera en el segundo cajón del escritorio. Lo recordaba porque había otra nota pegada en él y era el único que se cerraba con llave.
Al principio, eran mis padres los que me repetían cosas día tras día o me dejaban imágenes pegadas en la pared. Cuando me mudé traté de seguir reuniendo instantáneas en lo más alto del muro rugoso de la cama, pero verlas resultaba demasiado doloroso. No me hacían rememorar, simplemente me restregaban los buenos momentos, como si se burlaran de que ya no pudiera recordarlos y volver a disfrutarlos. Pero mi mente funcionaba así y cuando me metía a la cama trataba de estirar los segundos antes de quedarme dormida porque después, todo se borraría. Momentos, palabras, conversaciones, fotos.
Mi mente era un lienzo en blanco cuando sonaba el despertador.
El móvil vibró sobre la cama y lo alcancé de un manotazo.
—¿Diga? —respondí. «Tata» rezaba el letrero con el nombre.
—Alice, soy yo, Beatrice —chilló alguien al otro lado de la línea—. Tu hermana —aclaró cuando no recibió ningún tipo de respuesta.
—Hola, Beatrice.
—No te lo vas a creer —dijo, emocionada.
—Seguro que no —respondí, sarcástica. Ni siquiera era capaz de recordar cómo era sin mirar una foto o encontrármela y que me dijera que era mi hermana.
A veces me sentía egoísta, porque apreciaba la tranquilidad que me daba el vivir sin recuerdos. La mayoría de veces odiaba no ser capaz de recordar nada, pero, cuando me daba un respiro, sentía que podía vivir la vida una y otra vez, sin estar anclada a nada, a nadie. Nunca tomaba decisiones importantes porque sabía que al día siguiente las olvidaría y para mí, serían simples promesas lanzadas al aire.
Beatrice continuó hablando por teléfono, pero hacía minutos que yo había dejado de escuchar.
—¿Me estás haciendo caso? —preguntó.
—¿Puedes repetirlo? —No sonaba emocionada, porque, sorpresa, no lo estaba. Bea me hablaba de cosas que a ella le hacían sonreír y yo no podía más que envidiarla por ser capaz de retener esa alegría durante más de veinticuatro horas seguidas—. Estaba distraída.
—Estoy de camino al hospital. —La escuché gemir y me estremecí. ¿Qué había ocurrido?—. Voy a ser madre.
—Beatrice…
—Ni se te ocurra disculparte, Ali —me recriminó—. Ya sé que no te acuerdas. Simplemente ven al hospital, ¿vale?
Colgué el teléfono y me quedé unos segundos quieta. Ni siquiera podía recordar quién era el padre, si sería niño o niña o el nombre que Beatrice había elegido para el futuro bebé.
El pecho me dolía, así que hice lo que mejor sabía hacer: atesorar recuerdos. Agarré el tacó de notas rosas y garabateé algo en la esquina, para rellenar el resto del espacio con una enorme cara sonriendo.
Voy a ser tía. (28/02/2017)
Lo pegué en el centro de la pared y salí de casa. Ni siquiera recordaría que era mi hogar al día siguiente.