Quizás el título os parezca confuso, pero os prometo que tiene que ver con la escritura. No con la acción de escribir como tal, pero si de algo estrechamente relacionado con este mundo.

Hace menos de un año desde que supe que iba a publicar mi primera novela, La casa de los artistas, y hace aún menos tiempo —desde octubre, qué locura— que se publicó. En este periodo de tiempo he vivido cosas increíbles y no solo en lo que respecta a mi propia obra. He tenido la oportunidad de conocer a autoras que durante mucho tiempo han sido referentes para mí, he podido hablar con ellas de sus libros, del mío, de la literatura en particular y del mundo en general. He podido aprender de mis compañeras de editorial, he podido compartir mis experiencias, he podido hacer llegar mis palabras a más gente.

No solo he tenido la oportunidad de conocer a todas aquellas personas que escriben, como yo, también he podido conocer a todas aquellas que leen. A mí o a otras autoras, gente que lee y que disfruta con ello. He podido compartir a personajes con los que he convivido durante mucho tiempo y ahora sé que otras personas los están cuidando. Y los están cuidando con muchísimo más mimo de lo que yo habría esperado jamás.

Y, ¿qué tiene que ver todo esto con la memoria selectiva?

Pues todo; tiene que ver todo.

Porque os estoy hablando de todo lo bueno. Y todo lo bueno es mucho y no podría sentirme más agradecida por ello. Pero, de alguna forma, para acordarme de todo eso, tengo que hacer un ejercicio activo de recordar. A veces tengo que forzarme a pensar en todas esas cosas buenas que me han ocurrido para cerciorarme de que es verdad, que todo eso ha pasado. De que soy una persona (escritora, lectora) tremendamente afortunada.

Creo que tengo una relación muy sana con la escritura (lo comenté en el artículo de La Avenida de los Libros que podéis leer aquí), pero a veces caigo un poco. Y pienso en todo lo que no he conseguido, en que estoy muy atrás, en que parece que el resto del mundo de la escritura está tan adelantado en el camino que tan solo es un puntito en la lejanía, como una mota de polvo.

Y por culpa de la memoria selectiva, esos pensamientos más oscuros a veces son los que predominan. Y tengo que obligarme a recordar que no todo es así. En realidad, nada es así. Son solo pensamientos intrusivos y envenenados, mientras que todo lo bueno que me ha ocurrido es real. Me obligo a deshacerme de todo lo que oscurece un poco esta gran experiencia, porque no quiero disfrutarla solo a medias. Quiero exprimir todo lo que pueda darme, quiero conocer a toda la gente que me permita, quiero escuchar todas las historias que empuje hasta mí. Quiero vivir esta oportunidad sabiendo que, a pesar de que no todo vaya a ser fácil, va a darme muchas (infinitas) alegrías.

Por eso, no me importa lo que mi memoria selectiva quiera guardar; yo he decidido quedarme con lo bueno para poder sonreír siempre que piense en que estoy cumpliendo un sueño.