Este relato estuvo un tiempo subido al blog antiguo y también a esta web, pero decidí reescribirlo para un concurso y, ahora que ha finalizado, vuelvo a dejarlo por aquí.

Es uno de mis relatos favoritos, así que espero de corazón que lo disfrutéis. Os lo dejo aquí y para que lo descarguéis si lo preferís.

MORT

Yo ya me conocía el final de la historia. El final de todas las historias, en realidad. Al fin y al cabo, esa era mi responsabilidad; también mi carga. Si me paraba a pensarlo, tal vez esa fuera la parte que más me gustaba de mi trabajo: yo lo sabía todo. Yo lo sentía todo. Había escuchado su grito mucho antes de que lo emitiera, de que el aullido desgarrara las paredes de su garganta primero y el paladar, después, para explotar en la noche que nos rodeaba. Antes de que el miedo cargara el ambiente y ella fuera consciente de lo que estaba ocurriendo, yo ya lo sabía.

A veces deseaba no saber nada en absoluto, pero disfrutaba del sabor agridulce de los finales en mi boca y me invadía la culpa por ello. ¿Acaso aquello me volvía más humana, menos monstruo?

El conocimiento era lo que más apreciaba de mi profesión, sí, pero detestaba mi ausencia de control sobre este. Yo no lo manejaba, era más bien al contrario y notaba los hilos tirantes de mi titiritero, moviendo las cuerdas a su antojo, haciéndome bailar al son de una música macabra. Cuántas veces quise darme la vuelta, hacer como si el pinchazo que me perforaba las costillas cada vez que llegaba el momento no existiera. Pero no era algo de lo que pudiera desprenderme y tenía que observar cada uno de esos rostros que desfilaban ante mí, como si yo fuera la responsable de sus muecas de horror. 

«No puedo evitarlo», me gustaría decirles. Me gustaría poder disculparme por ser el verdugo, por asestar el último golpe. Ojalá pudiera no hacerlo.

Pero allí estábamos, amparadas en una noche que prometía festejos y no podía anticipar el desastre. Ella se encontraba allí, con la mirada perdida en el movimiento del televisor. Sus rasgos empalidecían cada vez que el brillo de las imágenes se intensificaba y entrecerraba los ojos, un gesto que casi parecía empequeñecer su ya de por sí menuda figura. Era hipnótico contemplar el ritmo pausado que la rodeaba en aquel lugar en el que todo parecía discurrir con velocidad, con el tiempo acelerado por la exaltación del momento y alcohol que llenaba los cuerpos. Sus manos rozaban delicadamente el plato con las doce uvas y parecía absorta en el centelleo esmeralda que salía de estas.

Me dolía, de verdad, casi de una forma física y punzante, porque era 31 de diciembre y las nuevas etapas no deberían comenzar así. Pero ¿qué podía hacer yo en realidad? No era mi culpa.

  No era mi culpa.

Y, aun así, por muchas veces que me lo repitiera, no conseguía ningún efecto. Aquellas palabras, apenas susurradas al viento, no podían expiar todos mis pecados. Todas mis condenas seguían marcadas en piedra, escritas en sangre. Yo solo era la intermediara, un peón a manos de una mente más experta en el juego, que solo me quería para hacer las tareas más oscuras, los trabajos más delicados. Para infundir respeto y miedo.

Esa no era yo de verdad. Yo solo trabajaba. 

Ella no se percató de mi presencia, oscura y disimulada, entre tanta gente resplandeciente. Los vestidos más largos arrastraban con sus bajos, ya ennegrecidos y pegajosos, los problemas que se habían ido impregnando en la piel a lo largo de los últimos meses, como si el sucio suelo de la discoteca fuera el lugar idóneo para abandonarlos. Nadie quería llevárselos a cuestas al nuevo año. 

A pesar de mi discreción y de que nadie más a nuestro alrededor parecía darse cuenta de que me escondía allí, estoy segura de que, si se hubiera fijado durante unos instantes en la esquina en la que me ocultaba, me hubiese visto. Ningún hechizo parecía lo demasiado potente para camuflarme de sus curiosos ojos y su mirada intensa.

Alguien anunció el último minuto del año. Un minuto. ¿Qué era un minuto para mi eterna vida? Pero ese instante era especial, marcaba un antes y un después en sus mortales y efímeras vidas, que se aferraban a la idea de un nuevo comienzo. Nuevo, como los zapatos recién comprados para la ocasión, como nuevos serían los problemas. Mis manos se tensaban a medida que se acercaba el momento y un cosquilleo conocido me recorrió el cuerpo en una ola de electricidad que fue a morir en mi nuca.

Contemplé cómo los dedos de la joven se encogían alrededor de una de las uvas y, con movimientos casi ralentizados, se la llevó a la boca cuando la primera campanada retumbó en la sala. «Todavía no», me dije, controlando ese instinto primitivo que me empujaba hacia ella, aún encorvada sobre el plato. Las plumas que adornaban su peinado se balancearon cuando repitió el proceso con el segundo gong. 

Supe que había llegado el momento cuando ya no pude contenerme más. Mi gran y temida entrada triunfal se repetía un día más, una vez más, y la llevaba a cabo con la firme y metálica certeza que me concedía la rutina. Cada paso, cada metro que me acercaba a ella, era más doloroso que el anterior. No había excepciones, ni siquiera para ella, para todos esos planes de futuro que me golpearon cuando estuve demasiado cerca. Me encantaría poder concederle sus deseos, darle mucho más tiempo.

Mucha más vida.

Se atragantó. Esa era una de las muchas cosas que ya sabía: su muerte. La sabía porque yo la llevaría a la perdición y después jamás recordaría su cara, sus rasgos, esos ojos oscuros que me lanzaron una última mirada suplicante antes de que mi mano extrajera hasta el más mínimo recuerdo, cada parte de su alma. 

Vacié su cuerpo hasta que no fue más que una carcasa desocupada. Muerta.

Siempre me imaginaban con túnica negra y una larga guadaña. En realidad, solo era una niña asustada. Siempre lo había sido.

Entonces, ella se vino conmigo. Nadie escapa a la Muerte.