Luz de gas hace referencia a contextos de maltrato psicológico, donde la persona duda de sus razonamientos, opiniones y hasta la realidad misma de sus actos. El objetivo principal que se persigue es el de desmantelar los síntomas de la víctima, dejándola indefensa y sumisa a merced de un maltratador que considera con una mayor capacidad para dilucidar lo que la está pasando. Se establece una relación de poder, desigual y tremendamente dañina (Fuente: Cenit Psicólogos).

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El sol siempre vacila cuando tú abres la puerta.

Primero se balancea, juguetón, robándole destellos al pomo cuando tus dedos lo rodean; después juega con el cristal de colores que nos separa de la calle y tiñe el suelo de fuego. Te advierte, como debería de haber hecho yo mucho tiempo atrás.

Tú ni siquiera reparas en él y te adentras en la cafetería, deslizándote por el suelo como si las baldosas fueran el escenario y tú la bailarina. Tienes la mirada fija en la misma mesa que ocupas cada tarde y tratas de enmascarar el miedo con cansancio. El dolor reluce como el oro en ti, aunque bajo ese brillo sólo se esconde una superficie agrietada.

Intento convencerme de que no veo el temblor que azotaba tu cuerpo, como una tormenta. Los relámpagos iluminan tus mejillas hundidas, las cuencas de tus ojos y las marcas moradas que las bordean. El cansancio ha teñido tus ojos de violeta.

Te sirvo el café, aunque sé que lo dejarás intacto cuando te marches por esa puerta. Dejarás también el dinero y yo te lo devolveré al día siguiente, como llevo haciéndolo meses. Porque siempre hay un día siguiente.

Hasta que ya no lo hay.

Cada uno de tus músculos se pone en tensión cuando escuchas la campana de la puerta tintinear. Él entra decidido, con las manos en los bolsillos y una sonrisa de pega. Tu pecho sube y baja más rápido con cada metro menos que os separa, hasta que llega a ti y se sienta en la mesa. Tamborillea con los dedos sobre la superficie lisa y tú escondes los tuyos entre los pliegues del jersey.

Agachas la mirada.

El sol brilla un poco menos.

—¿No vas a darme un beso? —te apremia, acercándose más a ti.

Casi puedo sentir su aliento como si yo estuviera en tu lugar. “No mires”, me digo, porque así no existe. Si cierro los ojos no existe el choque incómodo entre vuestros labios, ni la opresión que sientes en el pecho, ni las ganas de llorar. Si cierro los ojos tú no estás atrapada en él. Si cierro los ojos eres libre.

—¿Vamos a casa o qué? —te pregunta, buscando tus manos—. ¿No piensas responder? ¿Sigues enfadada por lo de ayer?

Si cierro los ojos tú no asientes con la cabeza.

—Vamos, cariño. Sabes que no soy así. Sólo estaba enfadado y Mike me había hecho beber de más… Jamás te tocaría.

Si cierro los ojos aún te oigo.

—Ayer casi lo hiciste.

—Casi no es hacerlo —resopla. Si cierro los ojos no lo veo ponerse nervioso—. No seas una exagerada. Eres tú, que te pones nerviosa por nada. Vamos a casa, cariño. Estoy cansado del trabajo y luego te quejarás si me enfado.

Él se levanta, pero tú sigues en tu sitio. Si cierro los ojos no veo tus pensamientos discurrir por la cafetería, entre el resto de clientes que parecen ajenos a vosotros. Si cierro los ojos, si no pienso, no me topo con las palabras que burbujean en tu mente.

«En el fondo es mi culpa. Él tiene razón, yo lo pongo nerviosa. Yo lo enfado. No soy nada sin él. Mis amigas están locas, él sólo quiere lo mejor para mí».

Tu silla cruje cuando haces el amago de levantarte.

«Vete», me dice mi mente.

Bordeo la barra con un nudo creciente en mi estómago, que se apresura a subir hasta mi garganta. Sé que cuando llegue hasta ti no seré capaz de articular ni una palabra. Cuando todo lo que tus ojos esconden me golpee, me sentiré estúpida por no haberlo visto antes. Por no haberlo querido ver antes.

—Espera —murmuro.

Si cierro los ojos no te veo detenerte de golpe, ni mirarme asustada. «No te metas», dices tú; «ayúdame», dicen tus ojos.

Saco el bolígrafo del delantal y escribo mi número de teléfono en el sobre de azúcar. En el fondo soy una cobarde. Antes de volver a guardarlo, garabateo algo más. Y te miro. Espero que me perdones por no haber hecho nada antes.

Yo sí te creo, reza mi letra irregular en el sobre.

El sol ya no vacila cuando guardas el azúcar en tu bolsillo y sales por la puerta.