Estoy peleándome con mi yo más inseguro para compartir esto, pero estoy tan orgullosa que, ¿por qué no?

Como algunos ya sabréis (si es que me seguís por Twitter o Instagram), hace poco terminé mi segunda novela. Sí, hubo una antes. Y sí, se quedará enterrada en mi ordenador para siempre.

Pero, con La casa de los artistas ha sido muy diferente. He tenido mis altibajos, la he odiado, la he querido… Y, en el fondo, estoy muy contenta con el resultado. Por eso y, aunque sigue en fase de corrección, voy a compartir un pequeño fragmento y alguna pista sobre los personajes. Porque estoy orgullosa. Sobre todo de ellos.

Hay tres personajes principales, dos chicos y una chica. Y he de ser sincera: aunque la protagonista principal sea ella, de los tres es a la que menos cariño le tengo.

No quiero desvelar sobre qué trata exactamente pero hay pequeños detalles: Nueva York, años 20, la música está prohibida y hay un club de música ilegal y un orfanato. Uno de ellos es músico (en las fotos se ve) y ahí empieza el problema.

Espero que disfrutéis de esto, y las criticas siempre son recibidas (argumentadas y esas cosas). ¡Un beso!

ANYA THOMPSON

unnamed

—Sólo agárrate a mi mano y acércate un poco más —le pidió Joe.
Ella asintió, tragando saliva, y puso un pie delante de su cuerpo. Después el otro y así cuatro veces, hasta que un par de centímetros la separaron de una caída a la calle. No se atrevía a mirar hacia abajo, y vio que Joe tampoco lo hacía, sino que la miraba a ella.
—Tienes que mirar. Medio segundo —la incitó, sosteniéndola aún más fuerte—. Sentirás el miedo, sí, pero estarás un paso más cerca de olvidarte de él.
Y ella le hizo caso. Admiró la nieve sucia acumulada en las esquinas de las casas y eso fue cuanto vio, porque enseguida apartó la mirada, con el estomago encogido y una terrible necesidad de echarse a llorar. Pero dar un paso más significaba no hacerlo, así que se contuvo y en su lugar abrazó a Joe. Allí, a un suspiro del final del tejado, hundió su cara entre los pliegues del cuello del abrigo y cerró los ojos para asegurarse de que no iba a llorar. Y Joe la correspondió.

JOE ROTHSTEIN

unnamed

Se dio la vuelta. Joe apretó los puños contra los costados para resistirse a retenerla. Tenía miedo, miedo de que esa fuera la última vez que la viera, aunque su sonrisa antes de girarse había indicado lo contrario. Todos los temores que había ido reteniendo empezaban a escaparse entre las grietas de su coraza y podían salir. Ella podría verlos. Todo el mundo los vería. Jaime se acercó a él y se puso delante, haciendo que la joven se perdiera entre los trabajadores.
—Todo va a estar bien, Joe.
Y esas eran las únicas palabras que él necesitaba.

JAIME FUENTESjaime

—Pesadillas —afirmó Jaime. Se pasó las manos por el pelo, nervioso y clavó la mirada en el suelo—. Sé de lo que me hablas, todas las noches me pasa lo mismo. A veces me quedo a dormir en el orfanato con la excusa de ayudar a Ali temprano, pero en realidad lo hago porque aquí me olvido de ellas. No tengo tanto miedo a quedarme dormido como cuando duermo solo. A veces, hablo  y Mickey viene a tumbarse conmigo. Pone su peluche en medio y se acurruca contra mí, como un escudo que me protege de todos esos malos sueños.
Anya quería contarle el porqué de sus pesadillas. Quería hablar con alguien de la muerte de Owen, de todos los cambios que había sufrido su familia hasta quedarse sola. Pero al mismo tiempo sentía que no era capaz de abrir la caja que contenía esa información, que no encontraba la llave por ninguna parte. Cargar con un dolor tan fuerte ella sola cada vez se le hacía más difícil.
—Yo no puedo huir de ellas —se limitó a decir con un deje de tristeza en la voz. Ojalá se pudiese huir de una persona, de un recuerdo.
—Supongo que no —admitió Jaime, borrando la sonrisa—. Pero siempre está bien tener a alguien que te ayude a olvidarte de ellas cuando te despiertas.

FRAGMENTO

—¿Estás seguro de que quieres hacer esto?
¿Seguro? Estaba seguro de que quería salir corriendo. Jaime tenía razón y era una locura. ¿Qué más daba? Tenía a su mejor amigo, a su familia, a los niños del orfanato, no la necesitaba a ella. Debería estar en La casa de los artistas y no delante de un taller mugriento del Bronx.
Pero allí estaba Joe, con el sombrero ladeado y los labios formando una sola línea blanquecina que lo hacían parecer enfermo. Su propio reflejo en el cristal sucio le devolvía la mirada, le reprochaba lo que estaba haciendo. Pero, por alguna razón y para su sorpresa, no sentía remordimientos. No había el menor resquicio de culpabilidad alimentándose de sus preocupaciones. Estaba ilusionado, sentía miles de burbujas que se abrían paso hasta los lugares más recónditos de su cuerpo: el hueco entre el dedo y la uña, la punta de las pestañas.
—Pero, ¿tú estás seguro de que trabaja aquí?
—Sí, aquí me desperté.
—Igual solo te trajo porque estabas borracho y ella nerviosa —dijo, mordiéndose la uña del pulgar. Tenía diecinueve años y estaba más asustado que un niño—. Se metería en el primer sitio seguro que encontrara.
—Estás buscando excusas. Nadie te obliga a esto. Si no quieres, eres libre de irte.
Joe suspiró. Solo tenía que entrar y hablar con ella. ¿Hacía cuánto tiempo que no tenía que hacer amigos? Es más, ¿hacía cuánto tiempo que había decidido que ya no quería más amigos? Si ella no quería hablar, no pasaba nada, ¿no? Hasta el día anterior ni siquiera sabía de su existencia. Ya estaba. Entraría, la saludaría y después se preocuparía por lo que viniera.
Era temprano, tal vez las ocho de la mañana, pero la gente que ya estaba en la calle estiraba el cuello para observar a ese joven que tenía un marcado aire de extranjero, aunque la única frontera entre su mundo y el Bronx era un río y el dinero.
—Joe, si no vas a entrar nos vamos al orfanato. Ali estará gritando porque no la hemos avisado de que llegaríamos tarde.
—Dos minutos —insistió Joe, rozando el picaporte con la mano.