You cannot kill a breeze, a wind, a fragrance; you cannot kill a dream or an ambition.

~Michel Onfray

 

 

 

 

Una guerra banal  Alicia Gadi

 

El paseo del atardecer me recuerda a una guerra en la que no he luchado nunca. A ciegas cruzo por lo que me parece un campo de batalla, arrastro papel con los pies y barro las mechas quemadas. Las explosiones me atruenan los oídos. Retumban en los tímpanos como los tambores de guerra que se utilizaban para anunciar la llegada del enemigo. Me cubro las orejas y ni aun así consigo bloquear los estallidos, el miedo, la ansiedad, la asfixia. Cuando eso ocurre, cuando la pólvora empieza a consumirme, me pregunto si el fuego ha sido uno de los mayores descubrimientos del ser humano. Las hogueras se elevan, las chispas prenden y las cajas de cartón se degradan al lado de las alcantarillas, habiendo contenido bombetas o quién sabe si granadas de mano.
El cielo se enturbia, la neblina se arrastra. Tantos pies correteando crean nubes de polvo y tierra. Los alaridos viajan por el aire más rápido que los estallidos de guerra, y las botellas se rompen en mil pedazos. Aun así, pese a las explosiones a las que ya deberíamos estar acostumbrados, siempre nos damos la vuelta las mismas personas para acechar al enemigo. Casi parece que recordemos un pasado, una vida lejana repleta de muerte y putrefacción que alguna vez, desgraciadamente, compartimos. Puede que después de todo San Juan sea una versión banalizada de la guerra.

 

(Olor: petardos)

 

Virutas de metal — Antonia

 

Simplemente estoy llevando el coche a arreglar, simplemente. Y aquel olor, aquel olor tan familiar, me trae uno de los recuerdos más dulces que mi mente guarda.

Recuerdo mis pálidas manos curioseando las máquinas del taller de mi padre, sintiendo cómo el polvo y la grasa se adhería a la yema de mis dedos. Recuerdo las manos de mi padre, rudas y sucias, trabajando sobre el torno mientras sus labios me contaban cómo había aprendido a usarlo. Recuerdo los cortes que las manchas de grasa escondían bajo su piel. Era raro el día en el que mi padre no tenía una herida en alguna parte de su cuerpo por culpa del trabajo, por culpa de sus propios descuidos.

Recuerdo haber girado ruedas y tirado palancas, ansiosa por saber qué hacía cada máquina cuando mis ingenuas manos las tocaban. Las continuas preguntas que le hacía a mi padre, y a mi padre advirtiéndome que podía cortarme, que debía tener mucho cuidado. Yo no pensaba en eso. Ignoraba las advertencias que dejaba el agua oxigenada en el baño de casa cuando mi padre llegaba del taller. Me gustaba estar allí, aprender de mi padre y aquello que muchos decían que no era para mujeres, y mucho menos para niñas.

En aquel taller pasé risas con mi familia y momentos imprescindibles junto a mi padre. Entrar en un lugar parecido me hacía palpitar fuerte el corazón, como si me dijese “tú esto lo conoces”. El polvo y las virutas de metal bañando el suelo. El eco que retumba en las paredes con cada paso. Las herramientas colgadas de la pared y la suciedad de trabajo. Porque es un tipo de suciedad y desorden diferente que solo se entiende en un taller. Porque entre esas virutas de metal mi padre escondía su vida, y también la mía.

Recuerdo, recuerdo bien ese olor a hierro.

 

 

Untitled  — Atenea

 

Tus manos arrugadas , tu cuerpo ajado y desnudo  , tus huesos rescrebrajados,  tu mirar  , tu delirio. Cada uno de tus quejidos rasga  mi corazón pero hoy he recordado quien vive  aún en tu interior.
Sales de tu cama y con tu caminar torpe entras  en el baño. Murmuras algo que no entiendo  pero sé  que la pereza y el cansancio  intentan arrastrarte y luchas por resistirte .Consigues a duras penas desprenderte de tu ropa y poco a poco te adentras en el agua que cae sobre tu cuerpo  recorriendo  cada una de las grietas que la vida te marcó. Tu mente recorre aquellos días en los que, lo que hoy  haces,era fácil,  agradable y nada ahora parecido. Te quedas bajo esa lluvia artificial dejando volar la imaginación  y desde el baño  me llega el aroma  de tu jabón. Sales  por fin  y te envuelves en el blanco albornoz. Con tu mano temblorosa coges la colonia  que me hace recordar aquellos domingos por la mañana  en que éramos muchos más. Mientras dormíamos, entre sueños, nos llegaba el suave ruido del agua caer. Salías de la ducha, y tras un apurado afeitado rociabas con Brumel  tu recién rasurado rostro. Entonces el olor a esa colonia invadía toda la estancia y  un domingo más despertábamos con la seguridad de saberse en casa junto a papá y mamá. El grito del vendedor de barquillos gritando: ¡parisien! !! nos animaba a levantarnos y querer desayunar. Ya en la cocina te acercabas  y nuestras caritas besabas sin cesar. El aroma de tu piel recien duchada lo impregnaba todo  y te  hacia deslumbrar.
Ya no eres aquel joven  pero aun lo veo en tu mirar,  continuas utilizando el mismo perfume,  aroma grato que nos hace recordar.¿ Eres tú?  ¿Sales ya? Estoy aquí contigo  y tu colonia  te he de echar. Deja que yo ahora te ayude y te colme de besos  que te llenen de felicidad.

 

 

 

Llenar cada esquina de vida — Beatriz Esteban

 

No hay nada más fuerte que una mujer que se reconstruye.
Por eso entré en la casa encantada
sin miedo a los fantasmas,
sin miedo al reflejo,
sin miedo a encontrarme con el recuerdo de la chica que fui.
Porque no tardé en olvidar a la niña que se rompió a sí misma
y entonces las esquinas de la casa se llenaron de pisadas traviesas
risas descontroladas y coletas mal hechas;
la cocina ya no recordaba las lágrimas ni los gritos,
sólo el olor a mandarinas en verano,
a chocolate en invierno,
a canela los días que no me asustaba mancharme las manos.
Los días en los que alimentarme no me rompía
los días en los que destruirme no era mi rutina
los días en los que no necesitaba perdonarme.
Por eso vuelvo a la casa; porque ya no hay fantasmas,
porque ya no está oscura,
porque pienso llenar cada rincón de recuerdos y lecciones,
de momentos, de olores,
de vida.

 

 

 

El olor de la libertad — Emma Basco

 

Corro con los pies descalzos hacia él, como cuando era pequeña,y siento la intensa y calurosa arena bajo mis pies desnudos. Al llegar a la orilla, que esta acaricia mis pequeños pies con sus dulces olas, cierro los ojos y, poco a poco, me voy empapando de su fragancia mientras respiro calmada mente y disfrutando de cada sorbo de aire que entra por mis pulmones.

Inspiro. Espiro. Inspiro. Espiro. Respiro.

De repente abro los ojos y miro el horizonte. En él puedo observar y recordar a la niña pequeña que fui una vez. Puedo recordar como disfrutaba de este olor, el olor de la libertad. Un olor que me hace sentirme libre. Un olor que me deja respirar. Un olor que me deja abrir los pulmones y que por ellos entre aire fresco. Un olor que me relaja.Un olor que me acaricia, que me mece en su cuna. Recuerdo, también, lo feliz que me sentía de estar aquí, de escuchar su sonido, de observar su color, de imaginarme historias mirando su horizonte e imaginándome un futuro siendo mayor.

Gracias a este olor vuelvo a conectar con mi niña interior. Con la niña que fui hace un tiempo y que aún mantengo viva dentro de mí. Un olor que me recuerda que hay que cuidarla,que hay que mantenerla viva, feliz y fugaz.

Me giro hacia mi derecha: a lo lejos puedo ver e imaginar a una niña feliz corriendo por la orilla del mar riendo y jugando con sus pequeñas olas que le acarician los pies. Sonrío. La echo de menos.

De mis ojos caen diminutas lágrimas saladas y sonrío. «Todo pasará. Las oscuras tinieblas marcharán de mi interior, y volveré a ser esa niña que fui», me repito para mí misma, como si fuera un mantra.

Y así es como saboreo el dulce olor de la libertad, este dulce olor a mar que vuelve a revivir mi niña pequeña y, en cierto modo, a mí misma también.

 

 

 

Fuyu — Joaquín Casado Palenzuela

 

 El verano olía a tatami.

  El verano también olía a takoyaki. A calles abarrotadas, a verduras de la huerta, a tiritas, a algas, a la bicicleta roja y a las noches de cazar libélulas. Olía a mar, a pescado, a fuegos artificiales. Al carboncillo. A la fragancia natural del abuelo.

  Y, desde el último año, también olía a silencio. A luto. A soledad.

  En aquellas largas tardes de verano, donde parecía que el sol nunca caía, dibujaba. De pequeña, creía que el sol del río Mekong no era el mismo sol que el de Yunnan, que  el del abuelo.

  –No seas tonto, Dung-chan –me chistó una vez madre mientras limpiaba los platos cuando era pequeño. Su cuerpo, recuerdo, se definía por sus medias grises y gruesas, su delantal de rosas amarillas y su cintura de avispa. Con el paso de las estaciones, su cintura se iría volviendo más tosca junto a su carácter y su sonrisa–. El sol siempre es el mismo, tanto en China como en Vietnam.  

  Asentí a su explicación, poco convencida de sus palabras, y me fui a colorear a otra parte, dejando a madre absorta en el jabón y en los azulejos de la pequeña e incómoda cocina.

  Desde que padre se fue, nuestro hogar pasó a ser tierra del silencio como también le ocurrió al abuelo. A veces, si no cerraba bien los ojos antes de dormir, podía ver la silueta de padre al lado del futón de madre, mirándola y acariciándola con la yema de los dedos. El amor, como una vela, se iba fundiendo lentamente en casa, perdiéndose  y disolviéndose en el opresivo aire de acero del río.

  Cuantos más años pasan, más me doy cuenta de que hay muchos soles en la Tierra.

  En el verano de mis doce años, dibujaba en el jardín del abuelo. No sabía el qué: consigo hallar en mi memoria un perfil empoderado por una larga y estrecha nariz y unas orejas de soplillo con una pluma a modo de pendiente. El arco de Cupido de mi ilustración se levantaba hasta alcanzar la punta de aquella imperial nariz. El pelo, liso y negro, se esparcía por todo el folio en blanco, consumiéndolo. Era una mujer, sí, pero carecía de rostro. No sabía qué enmarcar, a qué había que conectar las finas cejas, qué tipo de luz reflejarían sus ojos. Mi mujer no tenía historia.

   No, sabía que la tenía. El problema era que no sabía quién era.

  –¡Trần-chan!

  La fina voz del abuelo interrumpió mi carboncillo. Mi abuelo, con su kimono y sus zōri, se acercó para contemplarme debajo de su níspero. Sus sonrisas no eran las mismas desde el año pasado en el funeral de la abuela, la última vez que nos vimos. El primer día de aquel verano comenzó con la oración a la abuela y terminaría igual.

  –Ven aquí, wángzǐ –me pidió. Como me indicó, dejé el níspero y me senté a su lado. El abuelo se estaba abanicando con su shànzi; cuando me senté, se quedó contemplando al árbol–. ¿Sabes cómo se llama ese árbol, Trần-chan?

  Claro que lo sabía. Lo sabía desde que nací. Me lo repetía cada verano, cada año, cada vez que no podía aguantar más en silencio…

  –No. –Así funcionábamos desde que era una cría.

  La sonrisa del abuelo no bajó.

  –Níspero, pequeño. Se llama níspero.

   Me extrañó su comportamiento, cómo paladeó cada sílaba. Con delicadeza, con suavidad. Sabía qué venía después, así que esperé la historia japonesa de Sakura y Yohiro. Era el cuento más emblemático del abuelo y que más veces había escuchado. La única vez que vi un cerezo, no pude evitar recordar el lazo que unía a los enamorados.

  Quizás, sin saberlo, debajo del níspero, estaba dibujando a Sakura.

  El abuelo siguió abanicándose. Sabía qué venía ahora: la historia. Sí, la historia del cerezo enamorado, del cerezo de grandes ramas, del hada y del poder del amor. De cómo encontraría a mi Sakura, me decía el abuelo, y que sería el chico más feliz del mundo. Un chico.

  Un chico. Desde tan pequeña, ya lo sabía. Tardé demasiado en dejar de negarme quién era en realidad.

  Pero no me contó la historia. Simplemente, al final, siguió abanicándose y sonriendo. Por un segundo, quizás el mayor segundo de mi vida, contemplé el níspero como el abuelo lo hacía.

  Mamá odiaba que el abuelo me llamase por el apellido; los vietnamitas no lo hacíamos así. Tal vez era porque le recordaba a mi padre. Su espalda larga y sus gafas de metal quedaban cada vez más lejos de nuestro día a día, y madre, aunque lo intentara falsar con sus tareas y sus veranos con su suegro, le echaba de menos.

  El tiempo pasó. Poco a poco, las horas, los minutos, los segundos, los nanosegundos se empezaron a estancar, formando una pasta dura que le irritaba la epidermis al abuelo. El verano empezó a oler distinto con cada nueva visita. Cada vez yo pasaba más tiempo debajo del níspero, trazando siluetas inocentes para evadirme del miedo y los aviones enemigos.

  Las siluetas acabaron por saltar del papel. Se fueron manifestando, volviéndose más y más humanas, forrándose de carne y calcio hasta que una mañana llegaron a mi casa y me arrastraron fuera, con los aullidos de madre de fondo, la desesperación en sus ojos y sus brazos como látigos.

  –¡Solo es un niño! –¿dónde había quedado su cintura, su delantal, su cansancio…?

  No sirvió de nada: me llevaron igualmente.

  El verano, el primer verano fuera de mi familia y de mis dibujos, olió a metal. A la descomposición de una ametralladora una y otra vez. A entrenamiento, a sudor, a lágrimas e insultos, a metralla, a selva, a órdenes.

  «¡Avanzad, avanzad! ¡Los americanos llegan…!».

  Comprendí por qué padre se había ido. Por qué no había vuelto. Y su imagen, como una fotografía casera, se disolvía en mi memoria junto al olor de la pólvora, los retazos  de madre y el sabor a sangre y barro del frente de batalla.

  Una pesadilla sempiterna e insondable empezó a colarse en lo más profundo de mi pecho y allí se fue estancando. Quería cubrir mi epidermis como lo hizo con mi abuelo.

  –Fuyu.

  Sentí algodón perfilando mis piernas desnudas. En la comodidad de mi cama, unos brazos suaves y delicados me abrazaron por la espalda. El calor de otro cuerpo, de un cuerpo dulce y sano, me transportó lejos de mis fantasmas.

  –Amor –Nala, mi amor, me despertó con su nana al oído–, hoy hago yo el desayuno. Duerme un rato más, anda…

  No quería que se fuese, así que me giré en la cama y dejé que nuestras manos, como el diluido de las instantáneas de padre, se entremezclaran. La besé, enredando mis dedos en su pelo. Ella me devolvió el beso en el cuello junto a su preciosa risa.

  –Qué cariñosa estás hoy ya de buena mañana –sonrió. Me miró como solo ella me miraba y me apartó un mechón de mi oscuro cabello de la cara. Su semblante se oscureció cuando su atención recayó en mi nariz–. Has vuelto a tener pesadillas nocturnas. ¿Las has notado esta vez?

  Una losa de piedra justo en el esófago. Tragué saliva, aunque no sabía dónde acabaría, y asentí en silencio.

  –La medicación es importante –me dio un último beso en el puente de la nariz y se levantó de la cama–. Me voy a duchar y a hacer el desayuno. Descansa, pequeña.

  Contemplé cómo se iba. Nuestro piso era pequeño y humilde, pero era más de lo que había tenido nunca. Al menos, por mi cuenta. El silencio, aquí, no pesa; no si está Nala a mi lado. Cada noche, cuando podía sentir la complejidad de su alma enredada con la mía, daba gracias a quien estuviera más allá de todos nosotros por haberla encontrado dentro del miedo y la desolación.

  –¡Cariño!

  La voz de Nala volvió a retumbar dentro de mis sinapsis. Al abrir los ojos, de nuevo, me percaté de que me había vuelto a quedar dormida con ambas manos juntas. Si alguien me hubiera visto, ¿habría creído que estaba rezando…?

  –¡Que se enfría la comida! –volvió a introducirme en la realidad.

  Con fuerzas, me levanté y me duché. Di gracias al agua caliente que recorría mi cintura y al jabón que lavó mi pelo. Antes incluso de que me pusiera a trabajar, ya estaba imaginando los siguientes trazos que tendría que dar a la ilustración. Nunca, jamás de los jamases, hubiera creído que llegaría a ser  ilustradora. Salí y me dirigí hasta la cocina. Allí, Nala me esperaba con el desayuno recién hecho. Ya se había puesto su guelé y, con su sonrisa distintiva, se sentó conmigo. La luz de la mañana entraba con cuidado y nos acariciaba la piel con tacto, queriéndonos dar los buenos días ella también. El calendario que siempre compraba Nala cada año, de una compañera nigeriana, se desparramaba junto a mis pinturas y acrílicos.

  –¿Por qué lo has quitado de su sitio? –quise saber. Incrédula, me quedé mirando el sitio donde debería estar, pegado al frigorífico con un sello del hospital donde trabajaba mi novia.

  –Oh. –Dio un trago a su café. Cuando terminó, siguió–: Había pensado… No sé –se paró en seco–. Podríamos comprar otro. Yo qué sé, lo vi allí y lo aparte. Lo volveré a poner. Lo hecho, hecho está.

  Arqueé una ceja, sorprendida. «¿Qué mosca le ha picado?», pensé. Ignoré su comportamiento, pero seguí extrañada. Nala contemplaba con mayor profundidad su café. Sus ojeras, perennes en su rostro, brillaban bajo el manto de la luz diurna. Sus mejillas, también.

  Lo volví a ver.

  Estaba allí, junto a los acrílicos. Justo detrás de ella. ¿Qué hacían mis pinturas allí?

  Su figura se difuminaba y solo quedaban los colores. Aunque lo quisiera, no encontraba a Nala. Había desaparecido de nuestro piso, de nuestro hogar. Y solo quedaban los pigmentos.

  Azul, del mar que estaba dibujando.

  Verde, del follaje donde se perdían los protagonistas de la novela.

  Y rojo. Rojo del fuego del dragón.

  Mucho rojo.

  Fuego. Metralla. Sangre. Mucha sangre.

  ¿Dónde estaba el verdadero dragón…?

 –¡Dung!

  Un cuerpo áspero y sucio se tiró encima de mí. Conseguí alcanzar a oír la bala que debía haberme penetrado en las entrañas, dispuesta a matarme. Mi cráneo rebotó con una piedra y mis tímpanos pitaron del impacto. Una granada estallaba a lo, ojalá, lejos. Una sarta de gritos me alertó de que los enemigos estaban cada vez más cerca de nuestra posición. Nos habían encontrado.

  –¡Dung!

  No quería abrir los ojos. Si los abría, si volvía a levantar el telón, la obra volvería a empezar. Retornaría a sentir el arma en mis manos, el sudor en mi frente, la suciedad en el ambiente y el miedo en mi glotis, impidiéndome comunicarme. Quería descansar, que se acabara de una vez la guerra y pudiera llorar con mi familia, desgarrándome la garganta y rompiendo todos los silencios que había ocultado en el entrenamiento militar. No quería más silencio. Si abría los ojos, sabía que todo volvería a empezar. Seguía escuchando las órdenes y el crujir de las barricadas a lo, de verdad, ojalá, lejos de mí. Y de todos quienes no nos merecíamos morir así.

  Los americanos se acercaban. Los americanos, con sus calaveras y sus hoces, venían a segar nuestras almas. Y yo solo quería dibujar debajo del níspero.

–¡No, Dung, amor…!

Un beso.

Uno suave, delicado. Los labios de Bao, como su nombre, me protegieron de aquel espectáculo de canibalismo emocional. Abrí los ojos, y ahí estaban sus brazos cubiertos por el uniforme, estrechándome con él.

Bao fue la primera persona que amé. No de la manera en la que había amado a madre, a padre o al abuelo: con él, era una forma más sencilla de estar. Él sabía quién era en realidad y lo aceptaba, lo quería. No me rechazaba. No creía que era un monstruo. Ojalá no nos hubiéramos conocido en medio del desastre. Ojalá no nos hubieran quemado vivos.

Ojalá esa segunda granada no hubiera estado tan cerca para él.

–Fuyu.

La pintura seguía en casa. El mar, el bosque y la sangre de las entrañas de Bao seguían inundando mis pupilas, cegándome de remordimientos y muerte. Y dolor. Sobre todo, dolor.

Justo delante de mí, en contraposición a los esqueletos azules, verdes y rojos, estaba el blanco de la salud. El blanco de la enfermera Nala. Sus ojos, dos grandes cuencas de cacao, mostraban una gran preocupación por mí. Cuando volví a la vida por aquel blanco, por aquella ausencia de color, mi compañera forzó una sonrisa para que me sintiera bien. A salvo. Fingí que servía, como solía hacer.

  Pero no. Los remordimientos y la muerte siempre oprimirían mi esófago. El dolor golpearía mi esófago haciéndome tiritar a cada estocada hasta el día de mi muerte. Los traumas no se iban con una simple sonrisa, pero era mejor que nada.

–Desayuna –me pidió. Ella entendía cómo estaba y me dejó espacio para mi dolor. Siempre, siempre, tendría que agradecer haberla encontrado–. Sabes que no son fáciles de conseguirlas aquí. He tenido que remover cielo y tierra por ti. ¡Más vales que las aprecies!

En uno de nuestros cuencos verdes, unos nísperos pelados se depositaban dentro. Cada uno podía ser las personas que dejé atrás: madre, padre, el abuelo y Bao. Todos los demás, al lado de la nevera, podían ser todas las almas que cayeron en la guerra. Siempre estarían conmigo, escondidas en alguna parte de mis costillas, hundiéndome poco a poco en el barro. La abuela, quizás, también murió así. Quizás todos morimos así.

Pero siempre estaba la sonrisa de Nala, mi amor. Mientras su cuerpo se enredase con el mío, tendría una razón para seguir a arrastrándome fuera de los fantasmas.

Mientras ella estuviese conmigo, el olor de las níspolas seguiría siendo parte de mi hogar.