The rose discovers she is an instrument of war.

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ELEGÍA A UN CUERPO ALICIA GADI

Siempre dormía quieta. No movía ni un músculo, como si el sueño pesara en mí. Ni siquiera un picor o un mosquito furioso eran capaces de despertarme y revolverme en la cama. Cuando era de noche, cerraba los ojos y dormía boca abajo, con las manos remetidas bajo los muslos para darme calor. Por eso, no me sorprendí en lo más mínimo cuando levanté la cabeza y descubrí que seguía colocada en la misma posición en la que me había dormido. Me acaricié la frente y encontré las arrugas de las sábanas marcadas. Las repasé con los dedos, como si me santiguara: dos arrugas en forma de cruz y otra justo encima del entrecejo.

Sin embargo, lo que me sorprendió fue otra cosa. Me pasé las manos por todo el cuerpo hasta llegar más allá de las rodillas. Me raspaban las piernas, y tenía la piel áspera. Me encogí. Alguien había retirado las sábanas, y podía sentía el aire filtrarse entre los dedos de los pies. Aún con las legañas pegadas en los ojos, alcé la cabeza, con cuidado. Seguía con sueño, y todo el cuerpo me pesaba. Tardé unos segundos en comprender lo que tenía delante de mis ojos.

Hasta que abrí bien los ojos. En ese entonces, me di cuenta de qué eran esos hilos castaños: pelo. Pelo humano. Mi pelo. Toda mi melena se esparcía por la almohada.

Grité. Algunos mechones cayeron de vuelta a la cama. Estiré los brazos y me aparté. Todos mis cabellos se enmarañaban con las arrugas de las sábanas. Los atrapé con los dedos y me los llevé a la cabeza, como si pudiera devolverlos a su lugar. Me revolví en la cama, entre el terror y la desesperación. Quise huir de esa escena, pero un dolor me punzó las piernas. Con el rostro descompuesto y rígido, di media vuelta. Unos tallos se arremolinaban en mis extremidades y me pinchaban la piel: eran las espinas de unas rosas que me ataban.

Cuando giré el cuello de nuevo, me di cuenta de que los pétalos rojos se enredaban con el cabello cortado. Tenía la sensación de que el corazón se me saldría del pecho. Toda yo temblaba. ¿Quién podía hacer algo así? Hundí la cabeza en la almohada y percibí el olor de mi champú, mezclado con el perfume a rosas. ¿Por qué alguien querría cortarme el pelo mientras dormía?

Cogí varios pétalos de rosas y un tallo. Los junté para formar de nuevo una flor. Me llevé las manos a la cabeza y recordé ese poema que había escrito unos días atrás:

Elegía

Incluso la escena más bonita

puede ser la más destructiva.

Alguien quería recrear mis versos. Los tallos de las rosas eran mis piernas, y los pétalos, mi cabeza. Quise llorar, asustada, porque entonces entendí el mensaje de ese intruso: quería podarme entera. Quería deshojarme. Quería desflorarme.

Un pensamiento fugaz cruzó por mi cabeza y, para comprobarlo, bajé la mirada, aún temblando. Me miré las bragas.

Pero ya no las llevaba puestas.

Captura de pantalla (232)

Imagen original de Alicia Gadi

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INVISIBLE — JAVIER NAVARRO-SOTO EGEA

«Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí», se dijo la flor más marchita del jardín. Notaba cómo sus pétalos se iban cayendo. Notaba cómo el resto de sus compañeras acababan desapareciendo, ahogándose en bolsas de plástico que se convertían en la invitación a las bragas de alguna chica descuidada. «Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí». Estaba ahí porque sentía su respiración, lenta y pausada, y la manera en la que su tallo cada vez se hacía más y más y más fino hasta volverse tan delgado que nadie se percataba de su existencia. «Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí», se repetía todos los días antes de dormir. Estaba ahí porque palpaba odio en el ambiente y vislumbraba recuerdos en el aire. Estaba ahí, claro. Salvo cuando no lo hacía.

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SILENCIO — WHITTIER HARRINGTON

Las flores tiradas en el suelo; la cama deshecha, todavía con tu olor impregnado en las sábanas. Quisiera poder hacer que el tiempo retrocediese a esa última noche, a ese último momento en el que saliste de casa, con la sonrisa pintada en los labios, tal y como tú eras. Nadie pensó nunca que el destino tenía estos planes para nosotros y no supe ver a tiempo lo mucho que te necesitaba. Quizá, y solo quizá, podría haber hecho algo para evitarlo. Quién sabe.

Cruzar el umbral de la habitación es escuchar tu risa inundando la estancia, desplegando unas alas invisibles y volando alrededor de mi mundo, de nuestro mundo. Desearía cerrar los ojos y verte una vez de nuevo, sólo una vez, que me recuerdes que sigues ahí, que las rosas volverán a florecer, que el corazón volverá a latir.

El mundo ya no gira, se ha detenido; se caen los pétalos marchitos de aquellas flores que juraste guardar para siempre, se pisan las hojas que prometieron proteger tus más íntimos secretos. Ya no vuelan las aves, ya no cantan los pájaros, ya no sigue la vida.

Las arrugas de las sábanas no desaparecerán, tu olor quedará grabado en ellas, al igual que en mi memoria. La cama seguirá esperando por ti para arroparte, estrecharte con su abrazo y protegerte de todas las pesadillas que se hicieron realidad una noche en la que te arrebataron la luz.

El destino cruel, el azar incierto, la felicidad efímera.

Yo seguiré esperando por ti.

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LA CONSTELACION DEL OCHO DE MARZO — ISABEL FERNÁNDEZ MADRID

Y, de repente, explotaste.

El mundo se vino abajo. Los meteoritos se estrellaron en mis pestañas y una lluvia de estrellas llovió sobre mis mejillas. Los planetas colisionaron, las galaxias se mezclaron. Todo un mejunje de astros y sueños cayó sobre nosotros, y nos arrastró hacia el desastre como las olas llevan hasta la orilla conchas perdidas.

Si fueras una sirenita, quizá podría haber fingido un naufragio para poder volverte a ver. Cualquier desastre llamaría tu atención, porque fuiste una de esas personas cuyo corazón siempre se inclinaba hacia los desfavorecidos, hacia los diferentes. Los especiales, como a ti te gustaba llamarlos.

¿Cuánto hace que ya no estás? Minutos, horas, días, semanas, meses. Tu ausencia es efímera y pesada, fugaz y permanente. Ya no soy capaz de recordar en qué año vivimos desde que no me recuerdas que, eh, el próximo viernes echan tu película favorita y vamos a hacer una cena especial porque te ha estado yendo bien en el trabajo. Eras una persona muy lógica, pero tu muerte… no tiene ningún sentido.

Ya no estás, pero sigues estando. Tu sonrisa en las fotos no se ha borrado; ni siquiera las comisuras de tus labios se han inclinado hacia abajo como flores marchitas, esas que se apagaron tras tu último cumpleaños. Todo parece lejano y desvaído, como una foto en blanco y negro olvidada en el fondo de un diario. Los guardo todos, ¿sabes? Porque leer tus palabras me hace sentir que sigues viva, que las emociones que te desbordaban por dentro al escribirlas están presentes ahora mismo en el corazón de otras personas.

Nunca te marcharás del todo.

Y, mientras tanto, tu recuerdo sigue haciéndome compañía como un fantasma en el espejo. Desde que te has ido, he recorrido sus grietas una infinidad de veces. Me recuerdan a las arrugas de las sábanas que había en tu cama, cuando me abrazabas para decirme que las pesadillas que me atormentaban nunca serían reales.

Fuiste la única que supo cómo sacarme del pozo. Me devolviste las ganas de vivir con tus sueños y aspiraciones, que se fueron volviendo cada vez más grandes y humildes. Me has inspirado, ayudado, acompañado, completado. Has hecho llorar a otras mujeres, sí, pero también les has dado la oportunidad de transformar sus vidas ahora que aún están a tiempo. No quieren acabar como tú, y les estás salvando porque les has hecho abrir los ojos.

Sé que, estés donde estés, seguirás siendo huella y roca, un pilar en el que apoyarse cuando todo a tu alrededor se resquebraja. Gracias por ser fuerte por mí cuando yo no pude serlo, y por ser la persona más humana, con tu corazón tan grande y tus manos tan pequeñas, que he conocido jamás. Por romperte por dentro y ofrecerme a mí el pegamento, y por recordarme que hay amores que no lo son tanto cuando pueden llegar a matarte.

Ya eres libre y tu tormento ha terminado, así que vuela con cuidado para no chocarte con las nubes. Decora la luna y pinta el sol, recoloca todas y cada una de las estrellas del firmamento. A lo mejor te gustaría saber que, cada vez que las miro, me acuerdo de ti.

Ojalá pudiera decirte que las cosas han cambiado y que ya no nos matan por ser quienes somos, pero la gente maquilla los titulares y esconde la verdad. Tú no falleciste; a ti te asesinaron. Estoy cansada de que sigan tapando nuestra voz y de que nos empequeñezcan cada vez más, pero esta vez ya no voy a quedarme callada.

Me enseñaste a luchar, así que estoy dispuesta a hacer de ese sueño una realidad. Voy a ayudar a todas esas mujeres que viven con miedo de vivir; a recordarles que nunca, pase lo que pase, estarán solas.

Este ocho de marzo te recuerdo, a ti y a todas. Algún día, te prometo que se hará justicia. Y espero que, para entonces, hayas podido encontrar la paz.

Gracias por estar y haber estado siempre, mamá.

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ESENCIA — REBECA ROMAÑA

El ruido del fondo de la tienda; los gritos, las conversaciones eternas y el sonido de las ruedas de los carros fue acallándose como si se tratase de una cremallera. Cuando esta llegó a su tope, el silencio fue ensordecedor. Aún mantenía en mi cabeza un murmullo cuyo eco resonaba en mis oídos y se iba alejando a pasos serenos.

Las instrucciones hablaban de esperar diez segundos; pero yo apenas pude esperar cinco. Abrí los ojos con celebridad, sin ni siquiera pensarlo, y me vi de un momento a otro en el estómago de la oscuridad. El linóleo bajo mis pies se fue iluminando en un resplandor anaranjado que trazaba líneas paralelas a lo largo de este; tan delgadas como mi meñique. El mundo a mi alrededor adquirió forma a cámara rápida.

Reconocí el lugar incluso antes de alcanzar con mis ojos la sábana que se me echaba encima impulsada por el viento que, de igual forma, mecía las copas de los ciruelos más allá del colgadero. El cielo de un azul inmaculado era el techo que me atrapaba en mí. No había manera de describir lo que sentía. La casa de mi abuela me daba la espalda; me mostraba sus cicatrices y humedades, y a la vez me mostraba las flores que crecían a sus pies y echaban raíz en la pared, en un abrazo íntimo, destapando la pintura blanca y acariciando su piel gris. El murmuro del viento agitaba las sábanas blancas y las toallas colgadas de dos cuerdas anudadas desde lo alto de dos aranceles clavados en la pared. Las cuerdas, en pendiente, aguantaban el peso de las prendas agarradas a ellas con pinzas de madera y se precipitaban por encima de las flores y del cemento viejo que yacía bajo mis pies y se reclinaba al final para dar vueltas y vueltas sobre sí misma alrededor de una punta afilada y ennegrecida de la verja. Al otro lado, sobrepasando incluso las puntas de hierro que desarmaban al aire, el trigo se balanceaba de un lado a otro en un mar dorado. La inmensidad se escapaba de sus ropajes más allá de donde me alcanzaba la vista y amenazaba con devorarme acariciando con sus dientes de espiga el hierro que nos separaba. Inmune a él; inmune al miedo. Y yo, mientras, inmune a nada. El viento me traía resquicios de conversaciones, de gritos, de risas. Cada una de ellas tenía un dueño y yo conocía esas voces; algunas más y otras menos. A pesar de ser tan iguales, se notaba en ellas el tinte del tiempo, o de la falta de este. Mi propia voz me llegaba a raudales; era como escuchar un vídeo en el que la voz rejuvenecía y la imagen enmudecía. Si giraba, podría ver, con la nitidez de la realidad, un recuerdo estancado en lo más profundo de mí. La sábana a mi espalda me azotaba la espalda con más fuerza, incitándome a actuar, a creer.

Me agarré con mis manos a la verja y escalé el muro que me separaba del suelo. Allí arriba las voces eran más fuertes y al ponerme de puntillas logré atisbar el otro lado de la casa. Un solo vistazo; solo uno, me dije. El viento me empujaba hacia un lado con fuerza incitado por mi decisión –una que aún no había hecho–, y yo, sin querer decidir aún, agarraba el hierro caliente con mis manos. Fueron unos pasos rápidos que se acercaban por uno de los lados de la casa lo que me hizo reaccionar. Salté al campo con fuerza y corrí a ciegas sin mirar atrás. Los largos tallos se abrían paso a cada zancada y se cerraban tras de mí, alejándome de ellos. Alejándome de las dudas a pasos tan rápidos que creía que nunca llegarían a tocarme. Pero me equivoqué: se colaron por la pernera de mi pantalón y atravesaron la piel a su alcance.

Si me hubiera acercado, si hubiera seguido el rumor de las voces. Si lograra verlos, ¿ellos lograrían verme?, ¿me reconocerían acaso? ¿Podría reconocer en mí lo que a día de hoy soy? ¿Lograría mirar mis propios ojos en un rostro más adusto y reconocerme en ellos? El tiempo ha traído tantos cambios, le diría.

De mientras, yo seguía huyendo.

El trigo se deformó a mi lado; se derritió y creció de nuevo hasta la altura de mi rodilla. Corría entre el oro ceniza y con el sol centelleando sobre mí; siguiéndome a cada paso que daba. Las piernas cada vez me pesaban más y más, hasta que dejé de correr. Me dejé caer y pensé, con la cabeza nublada, lo bien que olía la tierra. El trigo me acariciaba con delicadeza la piel al descubierto de mis brazos, la cara interna de mis manos y como si quisiera evocar un recuerdo, me acariciaba los párpados. ¿Qué me dirías, si te dijera, que la tierra olía a ti?

El viento seguía soplando, pero por encima de su suave aullido escuchaba una voz. Era tu voz la que me hablaba con confianza. Hablabas rápido, extasiado; te atragantabas a cada sílaba, pero continuabas con tu perorata. Y te reías con tus propias palabras. No entendía nada de lo que me decías, pero no podía evitar reírme con la mejilla enterrada en la tierra. Era el sol y eras tú. Hasta que tuve la sensación de que las palabras se movían conmigo impulsadas por tu aliento. Y yo quería; sentía la urgencia; de avisarte, de explicarte, antes de que quitaras el freno de mano, de que si huías conmigo serías mi cómplice.

Aún así, con la culpa y la tristeza en los zapatos, me dormí como quién no ha dormido en años.

Al abrir los ojos, esta vez, la luz artificial de los almacenes lo inundaba todo con su presencia.

– ¿Y bien? ¿A qué huele? –te caía un mechón del flequillo sobre un ojo. Ambos ojos me miraban fijamente y tu sonrisa me sonreía inquieta– ¿por qué sonríes de esa forma? ¿tan bien huele? –te acercaste a mí en tan solo un paso.

– ¡Espera! –trataste de arrebatarme la vela que aún mantenía cerca de mi rostro.

– ¡Venga ya! ¡déjame olerla! –yo no quería que lo hicieras así que escondí la vela tras mi espalda. Tus ojos se abrieron y sonreíste con todos los dientes– ¿crees que así vas a evitar que la huela?

– No –no, claro que no. Solo necesitaba tiempo– Pero primero dime a qué huele la tuya, –tenía el estómago revuelto– y te diré a que huele la mía. –negocié.

Me sonrío con socarronería pero volvió a coger la vela que había dejado en el montón con el resto y miró la etiqueta naranja.

– M-a-n-g-o; mango, –me miró con las cejas arqueadas y con el mechón entre ellas– huele muy bien. –se pasó el dorso de la mano por la frente en un gesto familiar y volvió a dejar la vela en su sitio– Te toca.

Saqué la vela de mi espalda y la giré para buscar la etiqueta blanca que sabía que estaba allí y sintiendo la presión de la nuez en mi garganta se la enseñé.

– No tiene nombre, su etiqueta está en blanco.

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DESESPERANZA — CARLA RODRÍGUEZ PARA

Las flores se deshicieron como la arena entre sus dedos, quedando tristemente abandonadas en el suelo, ya sin vida. Respiró hondo una vez, dos veces, tres; hasta que el hielo que envolvía su corazón se deshizo como el ramillete en un mar de lágrimas silenciosas.

A duras penas contuvo un sollozo y, sintiéndose una hoja de otoño mecida por el viento, se dejó caer en el suelo. El recuerdo de días menos tristes, más sencillos, le sobrevino como solía hacer cada vez que todo se torcía. Imágenes, voces, sonrisas que parecían burlarse de su sufrimiento, de la energía que ya no manaba de sus manos ásperas. Momentos que eran tesoros, tesoros envenenados que pudrían sus entrañas y ennegrecían —aún más— su alma.

Podría intentar deshacerse de ellos, es cierto. No sería el primero ni el último en borrar aquello que le atormentaba de su memoria. Pero cada vez que lo pensaba, aunque fuera de forma furtiva, su rostro inundaba sus pensamientos, con una profunda mirada de reprobación que lo atravesaba. «No lo voy a hacer», decía en voz alta a la nada. «No voy a renunciar a lo único que me queda de ti», terminaba, más para sí que para el recuerdo nítido de su hermana.

—Somos dos partes de un todo —había dicho M. en cierta ocasión, jugando con la esfera de luz que había creado—. Nacimos en el momento justo para que estuviéramos separados, pero siempre unidos.

—Solo fueron doce horas —refunfuñó entonces él. Alzando sus dos manos creó otra esfera, que salió al encuentro de la de su hermana. Girando, despidiendo los colores del arcoíris, ambas esferas bailaban en perfecta armonía—. Además, yo no te voy a dejar nunca. Jamás me separaré de ti.

—Bueno, ya veremos —contestó M., riendo.

—Tenías razón —musitó, tumbado ahora en la cama—. Somos dos partes de un todo. —Sus manos estaban alzadas y de ellas salían unas chispas azules que en eso se quedaban, en el intento de una magia que ya no fluía—. Y este todo sin ti no es nada.

Eso era él ahora: nada.

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EMPERATRIZ DE MENTIRAS — CELIA AÑÓ

Su pasado reciente desaparecía a tijeretazos que cercenaban recuerdos, palabras, hechos y relaciones. Anaïs sonrió al notar la caricia del sol vespertino acariciándole la nuca. Su hermana dudó y las tijeras temblaron.

―¿Quieres que siga cortando? ―le preguntó. Y aunque no había dicho nada, ni cuando se lo propuso ni al aceptar, era evidente que no estaba contenta y que añoraba la melena de su hermana, reducida ahora a una maraña de rizos desperdigados sobre el suelo.

―Sí.

Anaïs no dudó, no cuando ya se había desecho de sus últimos dos años. Quedaban un par de meses, un par de centímetros de pelo que le caía hasta rozar los hombros. Ras. Cayeron cinco días. Ras. Otros tres. De un mes a semanas, de semanas a días contados y luego horas que pendían en mechones rebeldes y de un ligero tono rosado. La joven tomó un rizo y lo enroscó entre uno de sus dedos. Tenía curiosidad por ver en qué color se iba a convertir. La madeja de la que se había hecho era rosa claro, tanto que parecía blanco. Ahora se avecinaba un tiempo nuevo, un color diferente.

―Me gustaba más cómo tenías el pelo antes ―refunfuñó su hermana mientras cambiaba las tijeras por un espejo de mano que le tendió para que se viese―. Tenías un azul precioso. Brillabas.

―No lo recuerdo.

Era verdad y mentira al mismo tiempo. Anaïs era experta en engañarse a sí misma al eliminar aquellas partes de su vida que no quería recordar. Desaparecían y entonces podía volver a decir que ella nunca había cometido esa estupidez, que nunca había dicho ese error, esa frase de la que luego se arrepintió. Lo que no existía estaba ahora bajo sus pies, pisoteado con desdén y algo de dejadez. Tras asentir al ver su reflejo, la joven se incorporó. De sus hombros cayó una fina llovizna de pelos decolorados que se reunieron con el montón del suelo.

―Tenemos mucho que recoger ―observó. Eso sí, sin fijarse en lo que había bajo sus pies, sino en su cuarto desordenado. Aquello también formaba parte de su otro yo, la que había despertado entre cojines en los que se acostaría una chica diferente.

Las dos hermanas se pusieron manos a la obra: una a regañadientes, la otra feliz al sentirse más ligera. Con el pelo, también habían desaparecido muchísimas de sus preocupaciones.

Su pasado reciente se fue desvaneciendo entre pisotones y corrientes de aire; escobazos e indiferencia. Cuando el mediodía arañó el cuarto de Anaïs, lo que la joven una vez fue se había reducido a pétalos y flores rotas, a un parpadeo antes de marchitarse.

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CARTA A LA TRISTEZA — LISÍSTRATA

Querida Mara, Te fuiste y nunca me lo perdonaré. La expresión “hay personas que llegan y dejan huella” contigo cobró mucho sentido pero faltaba un apartado. Después se van y a saber cómo cojones las superas. A veces, cuando todo está calmado y en silencio, te recuerdo. Te recuerdo como un día te vi. Llena de vida y de luz. Así era como más me gustabas. Con tu sonrisa de oreja a oreja, la cara roja de tanto reír y esas lágrimas que se te escapaban cuando lo hacías. Tu risa. Tu pelo. Tu redonda nariz. Tu pelo alborotado. Tus miles de muecas al hablar. Tu tatuaje en la espalda. Tus miles de pendientes. El collar que nunca te quitabas. Tus manías. Todo. Lo echo de menos. Te echo de menos. Tu forma de pensar. Y de reír. Tus ideas. Y tus venidas. Tus ideales. Tu forma de expresarte. Con palabras y sin ellas. Tu forma de hacerme feliz. Tu forma de vivir. Pero ya no.

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EL GRAN DÍA — ARTURO URBANOS

Tris, tras.

Los mechones de mi pelo caían lentamente al suelo mientras mi hermana seguía cortando y yo no paraba de moverme a causa de los nervios. Sus manos temblaban cuando intentaba escoger qué zona retocar. Era el gran día y nada podía salir mal.

Hacía mucho que Alisson y yo no nos veíamos, y la verdad es que añoraba esas noches de viernes y fines de semana en las que nos íbamos a la cama de su habitación, encendíamos la tele e intentábamos ver alguna serie o película. Con el paso del tiempo, esos momentos se fueron convirtiendo poco a poco en nuestra excusa para desahogarnos el uno con el otro sin que nuestros padres se enteraran.

Pero ese pasatiempo que solo era de los dos dejó de existir desde que mis padres hicieron que todo cambiara, y a partir de aquel momento las veces que nos hemos visto podía contarlas con los dedos de las manos. Ha pasado casi una década ausente de encuentros normales entre nosotros y, a pesar de que fuera mi hermana, sentía que era una completa desconocida para mí.

—Tranquilo, Cory. Todo saldrá bien —sonrió—. Por cierto, sigues haciendo los mismos movimientos que hace años cuando te ponías nervioso.

Traté de sonreír. Cuando recordé esos momentos sentí un calor agradable en el pecho, pero no tardó en helarse al recordar que, si hubiera sido la decisión de mi familia, ella ni siquiera estaría aquí.

—Y bueno, ¿qué crees que estará haciendo Elias ahora? Por lo que me has dicho es una persona muchísimo más tranquila que tú.

—En general lo es, pero apuesto a que ahora estará mordiéndose las uñas de los dedos mientras su madre intenta tranquilizarlo.

—Ah, ¿sí? —sonrió.

—¿No te hablé sobre la primera vez que me quedé en su casa? Ese mismo día me pidió salir y sabía que era una persona detallista, pero no tanto. Me sorprendió en su habitación con un ramo repleto de mis flores favoritas y también pude ver encima de su DVD las cajas de las películas que en algún momento debí decirle que me encantaban.

—Pero vuestro plan no terminó siendo ese, ¿verdad?

—No, nuestros planes nunca suelen ir tal y como los planeamos. Y su madre me habló después de lo nervioso que estaba y de todas las veces que trató de tranquilizarlo.

—Pues ya está —dijo Alisson cuando terminó de retocar mi pelo—. Guapísimo y más que preparado. Ahora ponte el traje, que quiero verte puesto con él antes que papá y mamá —sonrió.

Mi hermana tenía razón. ¿Estaba nervioso? Mucho, y al mismo tiempo preparado para volver a decirle “sí” al amor de mi vida dentro de unas horas, pero esa vez delante de todos nuestros familiares y seres queridos.

Era verdad que sus planes no solían salir tal cual lo esperaban, pero esa vez nada fue mal. Todos los asistentes de la boda lloraron, rieron, se emocionaron… y Cory consiguió que sus padres y su hermana lograran conciliarse.

En ese gran día hubo amor por los cuatro costados.

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CUENTO PALÍNDROMA Nº7 — J. J. KASTLE

La última vez cortando tus cabellos

Seguí sin darme cuenta que sería

La antesala directa a nuestra cama…

Disfrutando de nuestras respiraciones agitadas en

La agonía de nuestro dolor. Fuimos

Libres almas amándonos que conscientes observaban

Cómo armábamos nuestros cuerpos compuestos de

besos, caricias y discusiones. Nos preguntamos

Si alcanzaríamos los pétalos de nuestros

Defectos, cayendo con tus cabellos… dudé.

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SHI-RO — JOAQUÍN CASADO PALENZUELA

La contaminación de Fushimura se diluía bajo un manto de diversos ocres. Las tonalidades se mezclaban hasta desdibujarse las unas a las otras. Un naranja tóxico, un amarillo sucio, un verde podrido… pero, sobre todo, destacaba un gris. El gris. Gris ultratierra; gris ultramar; gris ultracielo. El gris, y solo el gris, había conquistado la ciudad de hierro y mármol, se había coronado monarca de un reino de cadáveres y cuencas vacías.

  Las pupilas de Shiro se perdían dentro de la perenne niebla, de la constancia grisácea que inundaba sus pulmones con cada calada de Fushimura. Sus pasos, cansados, rompían el armonioso silencio del organismo vivo. Las suelas de sus zapatos explotaban con cada hoja que pisaba. Quería no hacerlo, no romper lo que no tenía derecho ni a tocar, pero la asfixiante bruma solo le permitía ver sus piernas, dos alambres recubiertos con unos pantalones negros.

  Sus pies, penetrados dentro de la tiniebla –gris–, eran tierra de la urbe.

  Contempló uno de los muchos tipos de verde ante él. Sabía dónde estaba: había vivido toda su vida en aquel lugar, en aquel esqueleto de imperiosas víboras metálicas y ángeles de piedra blanca. A sabiendas de que en aquella ciudad todo se perdía dentro de la más absoluta nada, Shiro siguió caminando. Centró su atención en el verde y no en el maremágnum de cuerpos transeúnticos que arrastraban los pies al andar. Sus voces estaban tan amargas como su boca en aquel momento. Dio una nueva calada a su cigarro y, con una determinación ambigua, con la determinación de alguien que no sabe qué quiere –quizás–, siguió.

Y siguió.

Y siguió.

 Y siguió.

  Hasta llegar al centro. Hasta llegar al corazón. Hasta llegar a la sucesión de coronarias de la metrópolis. La estatua de la Diosa, erigida en la médula, suplicaba clemencia en su rostro. Se sentó a sus pies y observó el horror en la mirada de aquel ser. Desde pequeño, había sentido simpatía por ella, por las lágrimas negras que bajaban por su fisonomía; y por sus manos alzadas al cielo, suplicantes de que todo acabara. Siempre, en su imaginación, había dibujado a las lágrimas negras como serpientes que reptaban desde los ojos a los brazos hasta llegar a las falanges de los dedos, devorándola por completo.

  La entendía. Él también quería que todo acabara.

  Terminó su cigarro. Su anatomía temblaba. Podía escuchar los murmullos de los demás ciudadanos perdiéndose dentro del océano plomizo. Podía ver, si se acercaba al pavimento, las losas que constituían el íntimo interior de la ciudad. Losas negras, estáticas. Losas como lágrimas.

  Él no iba a venir. Shiro lo sabía. Lo sabía y, aun así, fue hasta la Diosa. Fue sabiendo que no iba a encontrar nada; que, otra vez,

otra vez,

otra vez,

 se había quedado solo.

¿O acaso no lo había estado siempre?

  Sus manos temblaron. Se llevó ambas al estómago. El frío más profundo y visceral le bajó por la laringe y le llenó por completo.

  Pero, a diferencia de otras ocasiones, el frío no supo llenarle.

  En sus pupilas, en esas pupilas pintadas de gris, apareció a quien esperaba. Con miedo, cerró con lentitud los párpados.

«¿Quieres repetir este recuerdo?».

¿Por qué?

¿Por qué ahora?

¿Por qué de esa manera?

No lo entendía. No le entendía. No entendía nada.

Aceptó la petición entrante.

 El negro lo embarcó todo. Su cuerpo, sus brazos, sus piernas, todo lo que tiritaba, se dejó llevar dentro de la sangre de Fushimura. Cuando volvió a abrir los ojos, contempló el gotelé de un techo. La Diosa ya no estaba.

–¿Cómo te llamas?

Esa voz.

El frío pasó a ser esa voz. Y esta sí que le llenó.

  Se giró en la cama. La habitación del hotel sobresalía por el rosa neón que inundaba cada recodo de la estancia. Contempló los labios de aquel hombre. El acompañante de Shiro dejó que su mano izquierda se posara en los labios de su acompañado y jugó con ellos con suavidad y una sonrisa –negra, sincera–.

–Shiro –en su boca, su nombre apenas tenía sentido.

  Aquella persona asintió. Acercó el cuerpo de Shiro al suyo. Shiro pudo notar la calidez de aquel cuerpo ajeno. Desde hacía mucho tiempo (nunca), se dejó llevar por ese calor. Dejó que su epidermis disfrutara de la paz nocturna de ese pequeño fuego.

–Shiro… –en la boca de él, sí que significaba algo. Algo que no podía describir, pero que estaba allí, con ellos–. ¿Qué significa?

  No supo contestarle. Apenas sabía quién era. Solo conocía su historia, así que se la contó. Cuando acabó, aquella persona, aquel hombre, aquel acompañante, le estrechó con más fuerza. Y más paz.

–Shiro –repitió–. Tienes un nombre muy bonito.

  Nadie le había dicho nunca que su nombre era bonito. Nadie, en general, le había dicho que era bonito. Sus brazos, sus piernas, su cuello, su miembro, su cuerpo, sí; él, no. Desde el momento que supo que su cuerpo era lo único que merecía la pena de él, tuvo que saber usarlo a su favor. Para sobrevivir. Era para lo único que valía. Aunque sus clientes lo manchara, lo amorotonara, lo mordiera, lo atara, Shiro solo tenía su cuerpo, su salva(destroza)vidas.

  Pero él fue distinto. Él vino al día siguiente y le sacó de allí. Él quiso saber qué opinaba sobre ciertos temas, qué le parecía ciertos monumentos. Quería entender Fushimura y creyó encontrar en Shiro la respuesta.

¿Por qué?

Negro sobre negro.

¿Por qué, simplemente, quiso saber todo eso?

Negro sobre naranja tóxico.

¿Por qué, después de todo, le quería besar?

Negro sobre amarillo sucio.

¿Por qué le siguió sacando y pagando sin llegar a la cama?

Negro sobre verde podrido.

¿Por qué… atisbó humanidad en un profanado?

Negro sobre gris. Fin de la transmisión.

  El recuerdo terminó. Notó el líquido salir expulsado de las córneas y parpadeó, rápido. La sucesión de fotogramas se disipó hasta que volvió a la realidad. Ya no había calor ni paz. Arrancado de lo único bonito que había tenido, contempló sus zapatos perdidos en la losa negra. Su respiración, forzada por la desvirtualización precoz, se acompasó con otra.

Alguien estaba sentado a su lado.

Ni siquiera necesitó girarse: sabía quién era por cómo tomaba aire.

  Ene se encendió un cigarro. Más allá de la niebla, Shiro distinguió a su izquierda unos tacones negros de punta cerrada. Consiguió entrever una larga gabardina también negra que le cubría entera. Podía imaginársela con sus gafas de visión nocturnas que, lo más seguro, compaginaban con unos labios pintados de negro Diosa.

–Hola, Shiro –su voz. Esa voz le había producido tantas pesadillas…

  No reaccionó. Mantuvo su pose. Sabía que de nada servía huir; no podía escapar de ella. Se lo había dado todo, todo, y él no era nadie para escaparse con lo dado. No podía romper lo que no tenía derecho ni a tocar.

  Una nueva calada. Shiro imaginó los seis brazos de Ene convergiendo en su pecho cual viuda negra para fumar.

–Estamos muy descontentos con tu actitud –un robot. Eso era Ene: un robot–. Sabías cómo iban ser las cosas cuando aceptaste el trato.

  Larga pausa. Pasos de civiles. Civiles que no podías ver por la nada, por Fushimura. Por la ciudad de los bastidores.

–¿Qué le viste? –quiso saber. Su dicción, metálica, no era capaz de mostrar ningún tipo de sentimiento.

  No quería responderle. En gran parte, porque no sabía cómo hacerlo.

¿Qué vio en él…?

Solo podía recordar. Recordarle. Quizás eso era lo que vio en él.

  Ene tiró la colilla y la aplastó con uno de esos tacones.

–Serás reprogramado –sentenció–. Te hemos dado muchas libertades. Estaba claro que no iba a funcionar. –Tras una larga pausa, otra larga pausa de personas transcurriendo en su devenir y cielo gris y una diosa triste y dolor, mucho dolor, dolor por todas partes, continuó–: la humanidad es el peor defecto jamás creado, Shiro. Tú lo sabías y por eso viniste. El error es mío, pequeño. Tendría que habértela arrebatado entera desde el principio.

  Los labios de Shiro, por fin, se desprendieron. No había hablado con nadie desde hacía varios días; le resultó hasta raro hablar de nuevo:

–¿Por qué no lo hiciste?

  Tensa pausa. Pudo notar cómo una de las seis manos de Ene acarició su pelo. Antes era castaño. Se lo cambiaron para resultar más atractivo a sus clientes.

–Shi-ro –silabeó. Ene acarició su creación con cierta ternura. Shiro sabía que eso no existía. Ene se había deshumanizado por completo–. No lo hice porque me gustases, chiquitín. Lo hice para que vieras que el humano es dolor. Todos las demás emociones… acaban en el mismo foso.

–Llevo sufriendo toda mi vida –la voz de Shiro era diferente. Aunque su garganta fuera más óxido que carne, sus cuerdas vocales se negaban a ser mera programación. Shiro tenía una voz humana–. ¿Qué te hizo pensar que un poco más de sufrimiento me sentaría bien?

No pudo evitar temblar. Ene le frotó el pelo, ahora, con solo dos manos.

-Oh, pequeño –se rio. Se rio. Sí, se rio. Su regocijo le daba arcadas a Shiro–. ¡Un poco más de dolor no hace daño nunca! Además, ¿crees que tengo noción sobre él? Ya ni siquiera recuerdo qué es eso. ¿A ti te duele –le apretó la cabeza con ambas zarpas–cuando te hago esto?

  Sí. Claro. Por supuesto. Le dolía. Le dolió tanto que suplicó que parara. Ene se desternilló. No se reía porque le hiciera gracia el dolor ajeno, sino porque así tenía que actuar. Porque estaba deshumanizada. Porque, para que nadie sospechara, tenía que resultar humana.

Para lo bueno y para lo malo.

Le liberó. Shiro pensó en huir, en correr, en perderse…

–Para qué.

  No estaba. Ene no estaba. Se levantó de la impresión. Observó por todos lados en busca (en huida) de su ama, pero solo la niebla, con sus ojos de aleaciones inertes, le devolvía la mirada.

–Shiro, yo soy tú –Ene. Ella. Su voz. Shiro dio varias vueltas, nervioso. No pudo hacer nada más que correr en una dirección, la primera que decidieron sus alambres–. ¡Oh, pero qué mono que eres! Shi-ro. Qué nombre más bonito con el que te rebauticé.

  ¿Cuál era su antiguo nombre? ¿Su verdadero nombre? No lo sabía. No lo recordaba. ¿Era un recuerdo eliminado, o…?

–Tú no puedes olvidar –le estaba leyendo la mente. Estaba dentro de él–. No te estoy leyendo la mente, Shi-ro: yo soy tu mente. Yo soy tan parte de ti como tú lo eres de mí. Yo soy tú, y tú eres yo… y yo soy Fushimura. Él no estaba tan alejado de sus suposiciones, al final.

  ¿Dónde estaba? No lo sabía. Había corrido hasta chocarse con uno de aquellos edificios que olían a aceite industrial. Se chocó con otro cuyo ángel tenía un rostro tan horrendo que parecía progenie de la Diosa. Quizás un aborto o un deshumano más.

–Shiro, ¿por qué lo intentas?

–Cállate –estaba en un bosque. Los árboles olían a tabaco.

–Nadie te ha querido. Tu madre se suicidó cuando no pudo más. ¿Y tu padre?

–Cállate –una calzada de tierra natural. La tierra era azul eléctrica.

–Tu padre te tocaba. Y ahora te tocan otros hombres.

–¡Cállate! –¿gritó? ¿Suplicó? El agua era blanca y gelatinosa.

  Cayó de rodillas. No sabía dónde estaba. Todo su ser se disolvía con la niebla. Su respiración rompía el eterno silencio de la ciudad sin ley. Acelerada, rota, desequilibrada.

Unos zapatos delante de él. Unos zapatos negros, simples.

Los zapatos de él.

Pero, al levantar la vista, solo estaba ella. Ene. Los zapatos de él eran los tacones de ella.

Ene le tendió una de sus seis manos.

–Todo será más fácil cuando dejes el dolor, Shi-ro.

O no.

O, quizás, todo sería peor.

O, quizás, el silencio no sirviera para nada.

O, peor aún… quizás fuera el silencio lo que le aterraba. Las columnas de sinrostros. Las pupilas vacías. Los dientes negros. El rubio sucio.

Shiro recordó su nombre.

Ene lo pudo ver.

No le dio tiempo a huir.

El primer grito de Shiro prendió fuego a toda una ciudad.

El segundo grito, por el contrario, atrajo el viento que esparció cada llama para que cada arteria recordara el nombre del hijo de la diosa. De uno de aquellos fetos biónicos.

El tercero se tornó en sombras que entraron en los ojos de los ciudadanos y reptaron en sus interiores para devorarles por dentro.

El cuarto solo fue dardos. Todos para Ene.

Uno,

dos

y tres.

  Ene murió tras la ira de un semideshumanizado. El primero de su especie, y el último. La oveja negra de la Diosa.

  El quinto –y último– gritó fue luz y final. Fue el que destrozó el metal de su garganta y desmanchó su pelo. Fue el que disipó la niebla. Fue el que consiguió que Shiro abriera los ojos.

  El silencio seguía allí. Aterrador, frío, insultante de alguna forma. Con el más sumo cuidado, como quien recoge con las palmas de las manos un pajarillo herido, se levantó. Contempló el fuego, el viento, la nueva luz de Fushimura. Lo había traído él.

  Su nombre era Fushimura. Así había sido bautizado delante de la Diosa; la misma que, delante de él, tras haber gritado todo lo que había callado con cada hombre que había penetrado en sus piernas, había perdido los brazos. Y sonreía. Ya no había lágrimas negras. ¿Cómo había hecho eso?

  Unos pasos detrás de él consiguieron conectar con su espina dorsal. Se giró rápido, como el fuego, el viento, las sombras y los dardos.

  Lo primero que vio fueron unos zapatos negros, simples.

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