Two lines and a poem
You know, like a kind old rye

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CAMINA — MARÍA JESÚS JUAN

Olvida lo que dejaste atrás, no lo tomes como una derrota.

¿No ves que has salido de un mar embravecido?

¿que has sobrevivido a todas las tempestades sin ayuda?

Puede que ahora parezca que el cielo ha perdido sus estrellas,

¡es mentira! Mañana seguro volverán.

Olvida lo que dejaste atrás:

sacúdete las rutinas,

la ceniza que provocan los miedos en la piel,

la infinita sensación de sentirte diminuta…

Siéntete poderosa aunque no notes el valor

en la punta de los dedos de los pies,

aunque creas que te faltan las fuerzas para levantarte.

No dejes que nadie elija más por ti.

Acércate al camino y emprende la carrera más bonita de tu vida.

Olvida lo que dejaste atrás:

no estás aquí para ser la protagonista

de fotografías en color sepia.

Sueña con bailar con las luces de la noche.

Deja que la lluvia te moje sin remordimientos

Escribe en un papel aquello que deseas ¿y si lo consigues?

Disfruta de tu rebeldía, ríe sin miedo… eres más que grande.

Pero olvida lo que dejaste atrás…

 

 

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EL SUEÑO DE VERANO — NÚRIA

Los días se escurrieron como gotas en el cristal en la ciudad de los castillos, y fueron bañados por tus sonrisas llenas de ternura. Como siempre, el verano había llegado a su fin, pero yo solo podía pensar en tu cuerpo saliendo del coche en medio del campo, con los rayos de sol tiñendo tu tez, dando vueltas alrededor de los girasoles. Me pedías que fuera, que te cogiera la mano, que sonriera y bailáramos y no pensáramos en nada más, aunque septiembre había llegado y pronto traería lluvias.

Y yo te hacía caso, y salía, aún con la música sonando por los altavoces. Y te acercaste a mí, y tus labios se fundieron con los míos. Cuando te separaste, tus ojos clamaban victoria. Te sentías poderosa, segura, ligera, y se notaba.

Te miraba y te sentía, con las escapadas en bicicleta por la ciudad, tu cabello rubio al viento y tus palabras que lo inundaban todo. Cuando empezaba a llover nos dejábamos mojar y acabábamos tiritando con los labios morados, pero felices.

 Sentí que estar contigo era como volver a los veranos de la niñez, los que eran especiales y mágicos, porque parecían sempiternos.

La última noche la pasamos bajo el cielo estrellado, y te pedí que nunca te fueras. No quería aceptar la verdad. Y mientras yo cogía el avión que me iba a alejar de ti, nos dimos cuenta de que nuestra historia se había quedado a medias, pero que quizás reprenderla sería demasiado duro y habíamos sido hechizados por el sueño del verano.

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DELILAH — JOAQUÍN CASADO PALENZUELA

Se te llenaba la boca al pronunciar su nombre.

«Delilah».

Silabearlo era pragmático.

«De-li-lah».

La chica que en el fondo nadie conocía. Pelirroja, y siempre de blanco, como su piel, como sus dientes, como los reflejos en su iris. Era tan translúcida que podías ver su sistema sanguíneo dibujando carreteras sobre sus sempiternas piernas. Sus pecas se mezclaban con el humo del cigarro que siempre llevaba en sus labios.

Nadie sabía dónde vivía; por lo tanto, nadie sabía a dónde pertenecía. La encontrabas en las calles abarrotadas de las fiestas, tiñendo toda la noche de su color. Cuando la vislumbrabas por el filo de tus ojos, ya había desaparecido de nuevo.

«Delilah», declarábamos todos.  «Delilah, y solo Delilah».

Bebía. Nadie sabía tampoco de dónde sacaba el dinero. ¿Para qué saberlo?, lo importante era su cuerpo y la infinitud de sus pestañas. Divertirse con ella era fácil. Apenas hablaba, y, cuando lo hacía, era para anunciar el futuro. «Te enamorarás de mí esta noche», avisaba a cada necio que estaba obcecado en follarla.

Conseguirlo era sencillo, pero después venía la tormenta que dejaba tras de sí la. Nacía como un constante traqueteo en tu memoria. Delilah volvía a ti con sus labios cerrados, con sus pasos de baile, con la copa en la mano, con sus venas y arterias que se retorcían en su piel. Sus ojos, grises, era lo último que recordabas al dormirte. El blanco pasaba a ser el color de tus sueños.

«Delilah», era el nombre prohibido. Hasta que apareció él.

***

-Delilah.

Él lo pronunciaba como si fuera un pecado.

-Delilah, déjame en paz.

Pero ella no podía. Se trataba de una reacción fisiológica: sus costillas habían encontrado la paz en su torso y sus mejillas habían encontrado el compás de su vida en los latidos del corazón de él.

-Delilah, esto no va a ningún lado. Tengo esposa y una hija.

Pero a ella le daba igual. Tras tantos años de guerra, tras tantos años de temblores nocturnos, tras tantos años de un gran invierno que no quería irse de sus entrañas, no podía permitir que él se fuera. No podía permitir que quien había arrojado la cerilla y había prendido la gasolina se fuera, dejándola en combustión permanente.

-…

Y se fue.

«Delilah», era el nombre de una mujer que no podía dejar de arder en invierno.

***

Ella acabó buscando una luz verde.

Todo el mundo se escandalizó al verla. Con el pelo rapado, con sus aros, con sus labios rojos y con su falda de cuero. Sus medias de rejilla filtraban las luces de la noche; sus piernas diluían el alcohol con cada paso que daba. Su baile embrujaba los sentidos de quienes la contemplaban.

Delilah. Delilah, la mujer naranja. Delilah, la bailarina de los cruces.

Los coches pitaban. «¡Salte de en medio, loca!», le gritaban. Ella se mantenía en sus convicciones y seguía bailando en medio de una divergencia entre cuatro carriles. Los altos edificios cubrían su alrededor, junto a los semáforos, los kioscos, las personas pidiendo y la iglesia del fondo. Los niños les preguntaban a sus mamás qué hacía aquella chica (aquella niña, aquella mujer, aquella loca). Bailar, bailar, bailar.

 Delilah. Delilah, el mito. Delilah, la buscadora de alcohol etílico.

No sabía del todo qué buscaba, pero, por desgracia, todavía mantenía esperanzas de que todo se arreglara, de que la calma volviera a ella y la acunara. Si por ella fuera, se desgarraría tan adentro que podría arrancarse toda su esperanza con sus ensangrentadas manos y la arrojaría al contenedor de residuos orgánicos.

Delilah. Delilah seguía buscando con ahínco.

Los coches traían humo del tubo de escape, velocidad y vientos cortantes. Su cuerpo se había acomodado a todas sus incomodidades y, tacones fuera, lágrimas dentro, se limitaba a bailar al ritmo de la una de la madrugada. Nadie se atrevía a llamar a la policía; quizás, para variar, porque la joven daba de sí con sus caderas, con sus piernas, con sus senos y con su indiferencia por el escándalo.

Delilah. Delilah estaba cansada.

Estaba tan agotada que no se podía rendir.

A cada luz verde, sonreía.

«Delilah».

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LA ESPERANZA QUE MI CORAZÓN AÚN TENÍA — ANTONIA GARCÍA

Doy un paso. El suelo está húmedo por la lluvia de la noche anterior y las gotas manchan mis tobillos. Cierro los ojos, y veo mi mente vacía, tan vacía que se llena con cualquier cosa.

Una cafetería con tanto ruído que hay que gritar. Un coche con el que no se puede acelerar. Un día de viento en la playa. Una canción que nunca rompe. Una luz que oculta las estrellas de la noche.

Por palabra soy más polvo que humano. Todo el camino que hice, todo lo que un día soñé, parece convertirse en polvo, ahogándome con sus motas llenas de sucios comentarios.

Lo que un día me dijeron, fue lo que me dañó hasta casi derribarme. «Cuanto más alta es la cima, más larga es la caída.»

Pero, a pesar del peso que me hunde, a pesar de las piedras que la gente pone en mis hombros, sé que las aves no son nada si no vuelan alto.

Recuerdo las mañanas en el taller con mi padre, donde todo era curiosidad, todo eran aspiraciones. Mirar más alto, más alto y más. Tomé con esperanza infantil ciertas decisiones. Decisiones que aún no me han llevado a ninguna parte. Aún.

En mi corzazón guardo esa esperanza aunque no quieran que la tenga. Es inevitable, aún sigo siendo humano. Y ese tenue brillo esperanzador que intento conservar me dice que llegaré lejos, que siga subiendo, que el premio nunca vale nada si el camino no ha sido duro. Por eso sigo pisando sobre lo que parece cristal, porque es verdad. Debe serlo.

Mis pasos se vuelven más firmes. No tropiezo, no freno mis pies. Sigo hacia adelante, hasta llegar lo más alto que quiero.

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UN ALTAR PARA AMY CARTER — MERCEDES MORÓN ALONSO

Amy Carter solía ir a la casa de Walt después de las clases. Normalmente se tiraba en su cama y lo observaba hacer los deberes con una media sonrisa, después bajaban a la cocina a por helado, no importaba la época del año que fuese, y Amy le cantaba la banda sonar de alguna película infantil.

Por las mañanas la historia era muy diferente. Walt adoraba a Amy desde el pasillo del instituto y ella apenas le miraba, no podía hacerlo, era una diosa incapaz de acercarse a los mortales. Y nadie entendía como la chica más popular volvía a casa junto a aquel don nadie.

Pero a Walt todo eso le daba igual, le bastaba con ver a Amy con su uniforme de animadora y su pelo negro recogido en una coleta que se balanceaba al vaivén de sus caderas. Con eso bastaba hasta cuando alguien se reía de él en el comedor y Amy solo miraba, sin intervenir.

Y por las tardes Walt se preguntaba a quién debía darle gracias porque alguien como Amy Carter quisiese pasar su tiempo con él, que le contase lo que le preocupaba, sus problemas en casa y sus amores, le gustaba pensar que confiaba en él, que le era útil a alguien.

A Amy en cambio, le gustaba sentirse adorada, observar el brillo en los ojos de Walt cuando ella le sonreía.

Todo era perfecto, todo estaba en equilibrio hasta el día horrible.

Walt solía llamarlo día horrible porque mataron a un ángel, pero realmente todo había empezado una semana antes cuando Amy no fue a una clase.

Al principio nadie le preocupó, habría hecho pellas con el chico guapo de turno. Pero Walt si se asustó cuando tampoco fue a su casa por la tarde. Al día siguiente la señora Carter denunció que su hija no había dormido en casa. Ahí empezó la espiral de pesadilla.

Los policías hablaron con todos los amigos de Amy, incluso con Walt, intentando averiguar a donde se podía haber fugado Amy, porque claro, las chicas como ella no son secuestradas, se fugan. Pero no acertaron con sus suposiciones y la reina del instituto apareció muerta en un descampado de la ciudad.

Poco a poco todo fue a peor, empezaron a desgranar todos los secretos de Amy, todos sus trapos sucios, sus secretos… y Walt sentía como le hervía la sangre, aquellas horribles chicas estaban traicionando a Amy, contando lo que ella no quería que supiese nadie y le dolió darse cuenta de que no sabía todo sobre su amigo.

La jefa de las animadoras se fue convirtiendo en un despojo, ya no era la criatura perfecta que todos creían… era un monstruo.

Y todos fueron olvidando a Amy Carter, se convirtió en el recuerdo de la chica asesinada, el crimen sin resolver, otra chica ocupó su puesto en la escala social y la vida siguió su curso.

Pero no para Walt, él no podía olvidarla, era una criatura tan perfecta que debía haber ido a reunirse con los demás ángeles, la adoraba… incluso aquella noche en el descampado cuando la diosa se convirtió en un cuerpo sin vida.

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SENTIMIENTOS — LEIRE

Lluvia de sentimientos. Vómito de palabras. Descomposición del alma.

Paraliza.

Arrolla.

Engulle.

Todo lo qué dabas por sentado se pone en pie de golpe. El estómago se hunde en fuego. A causa del puñetazo de realidad, y tras los primeros segundos de estupor, el palpitar del trozo de carne magullada; que ya a duras penas consigue ser resguardada por las costillas, aumenta en velocidad e intensidad. El miedo consigue trepar hasta la cornisa de los recuerdos y espolvorea edulcorante por doquier. Los “te lo dije” y “lo sabía” de la experiencia cobran fuerza y hincan sus afilados dientes en tus sienes. La duda acude como buitre carroñero, zambulléndose de la mano de las inseguridades y los daños pasados que creías durmiendo, en una espiral de “y si”s que aporrearán las puertas más reconditas de tu ser. Para luego evaporarse dejando a las preguntas sin respuesta naufragar a su vera. Una voz en off te susurra que saldrás de esta, pero tu no la escuchas, bastante tienes con mantener a raya el grito que te abrasa la garganta y se te atraganta a apenas unos centimetros de ser escupido al exterior. Mientras, tu mente libra una ardua batalla en la que tu niña interior patalea tirada encima de un manto de ilusiones y sueños. Se niega rotundamente a que el sastre de apellido confort la diseñe, te diseñe, os diseñe, un escudo helado para proteger al corazón. A sabiendas de que mitigar el ácido de las pérdidas y el frío de las puñaladas, también traerá consigo no sentir el calor de un buen abrazo, volar cuando la magia sin truco te encuentre o no ver cuándo esa mancha negra que formó gotera en tu pecho, se marcha y deja paso a nuevas y vibrantes emociones. De las que te dan la vida y también te la quitan. Esas que te animan a poner tu alma encima de la mesa: pura, desnuda, salvaje, valiente, frágil y fuerte. Auténtica.

Caeré. Caerás. Y ojalá te enorgullezcas, de cada grieta que añadas al corazón cuando te desgarres la piel contra el subsuelo por perseguir latidos, por perseguir vida.

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REGRESO — LAURA CORATGÉ

 El cielo siempre llora a destiempo.

 O eso decían. Tal vez fuera cierto. De serlo, desde luego explicaría por qué la mañana en la que se perdió en las profundidades de su cuarto, el sol hacía centellear sus rayos casi con rabia. Brillaba fuerte, indestructible, vivo; casi como queriendo gritar: “mira lo que estás a punto de dejar atrás”.

 Una semana. Durante una semana entera, ni una sola nube se atrevió a interponerse en su camino. Tintó de mil colores el exterior de un mundo cuyos adentros eran una vorágine de negro abismo y blanco hospital.

 Acompañó en forma de luz cada duda, cada sirena, cada silencio, cada lágrima, cada mirada perdida. Acudió a la casa desolada para dar consuelo a las sábanas deshechas.

 Arropó en su manto anaranjado a aquel libro tirado de mala manera sobre la mesilla, humillado y a medio leer. Dio energía a las flores medio marchitas de tristeza. Esperó.

 Esperó paciente una semana entera, cubriendo la ciudad con los colores más puros que pudo crear, durante siete días.

 Al octavo día, el sol lloró.

 Ocurrió cuando los relojes apenas acababan de anunciar las diez de la mañana. Cuatro personas emergieron de entre el blanco más blanco, todas ellas delgadas, pálidas; exhibiendo bajo sus ojos los estragos del cansancio.

 Ella iba justo en el centro, dirigiendo la marcha seguramente sin desearlo. Más cansada que sus acompañantes, más desgastada, menos brillante… Pero viva.

 Viva, tan viva como siempre. Entera.

 Conservaba intacta la mata de cabello que se enredaba en el cepillo cada mañana. Los ojos observaban el mundo, tan atentos como siempre, sus manos pronto volverían a acariciar las páginas de algún libro. Las piernas continuaban fuertes, tan fuertes como siempre, sosteniendo el resto del cuerpo, centrando sus energías en llevarlo de vuelta a casa. A casa. Regresaban por fin a una casa que jamás volvería a sentirse sola.

 Por este motivo, al ver cerrarse las puertas del coche que la llevaría de nuevo a su pequeño refugio, el sol se retiró como suelen retirarse a veces los grandes artistas: despacio, casi sin querer moverse, conteniendo un profundo suspiro donde nadie pudiera siquiera intuirlo. Una vez se encontró bien pertrechado tras dos negros nubarrones, el rey de las estrellas dejó caer lágrimas de alivio.

 Y todo el cielo lloró con él.

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CUESTA ABAJO — ANA HERRÁEZ VAYÁ

Fluyendo en las canciones

nacimos entre dos o tres generaciones

de bailes y cantos

de estrellas

fugaces

 

Con tu voz atropellada

y la mía algo seca

con mis dedos callosos

de aprender a entenderla

 

a la guitarra

a ti

a nuestra época

abrazada por luces

y unas cuantas guerras.

 

Y tras varias ilusiones

de caravanas y escenarios

se rompieron los tocadiscos

y las máquinas de música en los bares

con sus luces

 

Recuerdas cómo aunque con muy pocas opciones

podías elegir qué escuchar

con una moneda brillante

 

Se iniciaron las listas de esas 20 canciones

que nunca me recordaban a ti

porque tú quitabas la radio

y cantabas a pleno pulmón

elegías tu canción

y a veces era una mía

otras, una nuestra

 

Todo iba cuesta abajo de pronto

 

Se rompió la música

Dejé de componer

No ibas a poder escuchar

y todo iba cuesta abajo

 

Vendí el piano

Rompí la guitarra

y el poder elegir qué tocar

a tu lado

 

Y sin ti todo iba cuesta abajo

 

Se desgastaron los vinilos

de tanto usarlos

 

la aguja abrió trazos

en ellos

y yo me tatué los brazos

con dos notas

una negra y una blanca

sol y la

sola

solo

 

Todo iba cuesta abajo sin aquella buena música