El otro día Ana sacó el tercer reto de escritura con ItacaProds y, aunque ya le he mandado el relato y es el mismo que vais a leer ahora, quería subirlo para que os animéis a participar en un reto tan bueno. A mí me ha ayudado mucho a conseguir inspiración para escribir.

Si os interesa, os dejo el blog de Ana para que podáis entenderlo mucho mejor. Y la foto, como ya he dicho antes, es de ItacaProds y me parece maravillosa.

Espero que disfrutéis del relato, me ha encantado poder escribirlo.

La primera vez que conseguí que me desvelara el lugar de sus recitales, me presenté allí sin saber muy bien qué me iba a encontrar. Era una cafetería pequeña, estrecha como un pasillo que se escondía entre dos edificios. Me quedé unos minutos fuera antes de entrar, observando cómo los pisos
altos de los edificios se apoyaban entre ellos, como si fueran a caer.

La cafetería, en contra de lo que me había esperado, estaba abarrotada de gente. Me sentí bien al ver que era el único del instituto, porque, aunque fuera estúpido, significaba que ella sólo me había revelado el sitio a mí. Era como un pequeño secreto compartido entre nosotros dos, un secreto que acortaba la distancia abismal que nos separaba. Como si fuera un bote salvavidas, que te mantenía a flote aunque sabías que en algún momento se hundiría.

Me senté en uno de los butacones desgastados que había en el lateral, justo al lado25179109833_b9ec330a97_k del escenario. Quería verla bien, porque estaba seguro de que de lejos me perdería todos los pequeños detalles. Sabía que no estaba bien. Sabía demasiado bien que no era normal la manera en la que necesitaba conocer todo de ella. No
me molestaba que ocultara secretos, pero cada vez que me contaba uno, aunque fuera minúsculo, sentía que la conocía un poco más. En realidad, y de eso me di cuenta tiempo después, nunca la conocí de verdad, ni siquiera un poco. Sus secretos, o al menos los que se atrevía a compartir conmigo, no eran más que hechos ridículos sin importancia que en su momento no fui capaz de ver.

Entonces, cuando empecé a pensar que tal vez ese no era mi lugar, ella apareció sobre el escenario. Me fijé en cada paso que daba, cómo levantaba el talón y dejaba que todo el peso de su cuerpo cayera sobre la punta de sus pies. Sus brazos se balanceaban ligeramente, parecían movidos por una brisa imaginaria. Podría haber detenido mi análisis allí, pero necesitaba conocer más. Sus cejas, la curvatura de sus labios, el ceño fruncido, la sonrisa triste. No podía parar, una vez que empezaba a observarla quería saberlo todo, verlo todo.

Me miró. Sus ojos me taladraron y me sentí completamente expuesto, como si con ese pequeño choque de miradas de apenas unos segundos fuese capaz de descubrir lo que se ocultaba en mí. Cosas que ni yo mismo conocía. Pero apartó la mirada, y cuando quiso hablar, lo único que salió de su boca fue una carcajada. Y eso fue más impactante que cualquiera de las poesías que vinieron después.