¡Hola a todo el mundo! La entrada de hoy es un relato que escribí esta semana como homenaje a dos personajes originales míos a los que les tengo un cariño inmenso. Quienes los leyeron sabrán quiénes son; pero no os preocupéis, que no hay nombres para que no pueda ser spoiler por si alguna vez —y ojalá sea así— llegáis a conocerlos.

Pese a ser ese homenaje, el relato se puede leer y entender sin haber leído nada más, (y hay pporque esa era su función (esa y hacerme llorar como una niña pequeña).

Espero que lo disfrutéis mucho y que me comentéis qué os ha parecido.

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Me gustaba cuando el cielo se teñía de gris para acompañarme; cuando las nubes surcaban el fondo blanco dejando una estela manchada a su paso, como si me siguieran. Marcándome el camino de vuelta a casa por si algún día quería volver.

No quería.

No quería volver a una casa en la que lo único que quedaban eran las paredes, los muebles llenando las habitaciones, las cortinas moradas meciéndose en el taller o los platos sin fregar en la cocina. Una casa en la que ya no colgaban nuestras fotos —ni las de nadie— en el pasillo; ni nuestras risas inundaban cada rincón, haciéndolo más nuestro.

Una casa en la que ya no estabas tú.

Y ahora tampoco yo.

Me dijeron que no podía dejar que tu ausencia hiciera de este mundo algo más vacío, más muerto. Que tenía que ser fuerte por los dos, vivir por los dos, reír por los dos. Amar por los dos. Me pasé días enteros tumbado en la cama, dejando que las sábanas sucias y el ambiente cargado de polvo me fueran hundiendo más y más en el colchón, como si esperara que alguna vez me tragara y me llevara a donde habitan los monstruos de debajo de la cama.

Porque, ¿cómo iba a luchar por los dos si no era capaz de hacerlo por mí?

Y el truco estaba, una vez más, en ti.

En que tú no hubieses querido que mi vida fuera una extensión de la tuya. Estoy seguro de que hubieses sonreído, estirando las comisuras de los labios hasta el infinito, y tu mejilla se hubiese hundido en el hoyuelo. Casi puedo escuchar tu suspiro arrastrar las palabras:  «Ahora es tu oportunidad de vivir sin tener otra carga más como yo sobre los hombros». Y yo te hubiese pegado en el hombro, porque no eras una carga; nunca lo fuiste.

Fuiste el único que vio más allá de los harapos y los raspones de las rodillas. Fuiste el único que no se rió con mi acento, cuando chapurreaba en inglés y mezclaba las palabras con el español. Fuiste el que me dio cobijo, un hogar y unos brazos a los que volver cuando me sentía perdido, lejos de casa.

Fuiste mi mejor amigo y ahora sólo eres cenizas y un recuerdo.

Y sé que querrías que viviera por mí, para mí, pero te prometo que lo haré por los dos.

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Y hasta aquí el relato. Espero que os haya gustado mucho y que lo hayáis disfrutado tanto como yo escribiéndolo.