Hoy, por primera vez, sus palabras no iban dirigidas a mí.


Apareció, como cada noche, silenciosa y torpe, entre los pequeños halos de luz que centelleaban en mi habitación. Seguía siendo la misma figura borrosa, negruzca y encorvada que me hacía estremecer con su presencia, pero parecía perder opacidad a medida que avanzaba en la oscuridad. Como si ella estuviera más cansada que yo de todas nuestras peleas; como si ella fuera la herida en las batallas.
Ella siempre empezaba a hablar cuando me veía más débil. Cada día, eso era antes. No buscaba mi tristeza, sino mi apatía. Decía la primera palabra cuando sabía que yo no tendría fuerzas para ir en contra, así que me unía a ella y ya eramos dos contra una.
Pero hoy la figura parecía más rota que yo. No habló durante unos instantes que se me hicieron eternos y ese vacío fue extrañamente doloroso. Creía que cuando dejara de escuchar sus ataques, todo se iluminaría. Yo sería feliz, tú serías feliz. Papá y mamá serían felices, porque ya no tendrían a una hija siempre aislada, siempre triste. El mundo sería más fácil.
Ojalá hubiese ocurrido así; no parecía tan fácil en realidad. La figura se encorvó.
—¿Qué quieres? —pregunté, aunque sabía que, como cada noche, no habría respuesta.
«¿Qué quieres?», preguntaba yo, día tras día, cuando sus palabras dolían tanto que me picaban los ojos. «¿Por qué a mí?», como si no supiera la respuesta. Porque no era suficiente. Porque me lo merecía. Porque estaba sola y era ella la que tenía que venir a recordármelo.
Hoy ha sido diferente, ¿sabes? Me ha respondido.
—Lo mismo que tú.
Y, ¿que quiero yo?
Paz. Paz. Paz.
Hoy, por primera vez, sus palabras iban dirigidas a ti.
Ayúdame.